El 2025 dejó una conclusión nítida: Starlink dejó de ser un “servicio satelital alternativo” y pasó a operar como infraestructura crítica. Esa condición se expresó en tres planos. En el negocio, con cambios de precios y segmentación de planes. En la tecnología, con el avance de la conectividad directa al celular (D2D/D2C). En la geopolítica, con episodios que exhibieron dependencia, poder de negociación y vulnerabilidades.
Una de las señales más consistentes de 2025 fue el fin del esquema simple que había facilitado la adopción inicial: tarifa plana, instalación rápida y experiencia homogénea. Mercado registró el giro comercial como un punto de inflexión: en distintos mercados se reemplazó el “ilimitado” por planes más segmentados, con topes y criterios de consumo.
En la práctica, ese cambio reordenó la propuesta de valor. El incentivo dejó de ser “conectarse sin restricciones” y pasó a ser “administrar capacidad”. En América Latina, el ajuste impactó sobre dos segmentos: hogares en zonas de alta demanda (donde la congestión aparece como variable) y clientes corporativos que priorizan previsibilidad y continuidad.
En el plano local, la cobertura mostró el mismo patrón: la adopción empuja límites físicos de capacidad. En febrero, la compañía comenzó a declarar capacidad máxima en zonas del país, con restricciones a nuevas altas y alternativas de planes para administrar demanda.
El contraste regional también dejó métricas útiles. En Argentina, los registros de Enacom para accesos fijos satelitales rondaron los 147.700 al primer trimestre de 2025 (sin discriminación por proveedor), lo que dimensiona el tamaño del mercado frente al salto brasileño.
En 2025, Brasil se convirtió en el ejemplo de masificación. Starlink informó más de 600.000 usuarios activos, con uso intensivo en regiones de baja cobertura y un componente institucional que incluyó conectividad en escuelas públicas. Un dato técnico acompañó ese despliegue: una mejora de velocidades promedio de descarga entre enero y octubre.
Ese desempeño operó como referencia para el debate latinoamericano: qué parte de la brecha digital se cierra con órbita baja, qué parte depende de subsidios y licencias, y qué grado de concentración se tolera cuando un actor privado opera como “columna vertebral” de conectividad en territorios remotos.
El 24 de julio, una caída global expuso un riesgo sistémico: cuando una constelación se vuelve infraestructura transversal, una falla técnica deja de ser un incidente “de usuarios” y pasa a ser un evento geopolítico. Según NetBlocks: el tráfico cayó al 16% del volumen habitual y se registraron más de 60.000 reportes de fallas. También se reportaron impactos en usos militares en zonas de conflicto.
Dos días después, el foco se trasladó a la resiliencia. La discusión dejó de ser “Starlink sí o no” y pasó a ser “Starlink con qué respaldo”. En Argentina, se revelaron alternativas y esquemas de redundancia apoyados en operadores y satélites geoestacionarios, para reducir dependencia de una única red.
En paralelo, la revista había señalado un vector político previo: el “impulso diplomático” para acelerar la expansión global, con el Departamento de Estado de EE.UU. como actor de apoyo en la proyección internacional de la red.
Si 2024 había instalado la promesa, 2025 ordenó las piezas. En septiembre, Mercado describió un paso estructural: la compra de espectro a EchoStar por US$ 17.000 millones y el movimiento posterior para involucrar a fabricantes de chips, con el objetivo de integrar componentes satelitales en smartphones y preparar pruebas hacia 2026.
Ese proceso bajó a la región con experiencias concretas. En diciembre, Perú realizó una demostración oficial de conectividad satelital directa al celular con Entel y Starlink bajo un “Espacio Controlado de Experimentación” (un sandbox regulatorio) habilitado por 24 meses, con foco inicial en SMS.
En términos de industria, 2025 también mostró el choque de incentivos con las telcos tradicionales: el salto a D2D reconfigura el control del cliente, la tarifa y el uso de espectro, y tiende a trasladar parte del poder desde operadores móviles hacia plataformas satelitales integradas.
La expansión dejó de depender sólo de ventas directas. En octubre, IFX anunció un acuerdo para actuar como distribuidor autorizado en América Latina, orientado a empresas, gobiernos e industrias, integrando la órbita baja con redes terrestres y servicios gestionados.
Ese tipo de acuerdos marca un cambio: Starlink ya no compite únicamente con “internet satelital”, sino que se inserta en la arquitectura de conectividad corporativa, donde la combinación de fibra, nube y enlaces redundantes define continuidad operativa.
Hacia el último tramo del año, la conversación se reordenó alrededor de la competencia. Mercado describió el escenario regional como una disputa entre el que llegó primero con volumen (Starlink) y el que llega más tarde con músculo financiero y otra arquitectura comercial (Amazon, con su constelación rebautizada como Amazon Leo).
El dato de Brasil volvió a funcionar como síntesis: la región aparece como mercado donde la conectividad en órbita baja deja de ser nicho y entra en fase de competencia estratégica, con impacto sobre precios, regulación, espectro y acuerdos con operadores.
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