Diseñar un jardín cerca del mar impone una una negociación con el ambiente. Viento constante, brisa salina, suelos drenantes y, muchas veces, escasez de materia orgánica forman parte de un riesgoso paisaje para especies que en otros contextos funcionan sin problemas.
Sin embargo, cuando la elección botánica es acertada, el jardín costero se puede convertir en un atractivo paisaje con identidad propia.
Estas cuatro plantas —probadas en jardines marítimos argentinos— no solo toleran el salitre: lo entienden.
De porte bajo y carácter discreto, Monnina cuneata es una de esas especies nativas que funcionan mejor cuanto menos se las fuerza.
Originaria de Argentina, Brasil y Uruguay, este subarbusto perenne se adapta con naturalidad a suelos pobres, drenantes y expuestos, condiciones habituales en zonas costeras.
Su follaje fino y persistente forma matas compactas, pero su mayor atractivo aparece en primavera, cuando despliega una floración delicada pero sostenida, con pequeñas flores rosadas a violáceas que atraen polinizadores.
Tolera el viento, agradece el sol pleno y requiere riegos moderados una vez establecida. En jardines cercanos al mar funciona muy bien en canteros naturalizados, bordes de sendero o como transición entre gramíneas y arbustos más robustos.
Es una planta que parece diseñada para resistir el clima de la costa. Su follaje plateado, grueso y aterciopelado actúa como protección natural frente al viento salino y la radiación intensa.
Muy utilizada en jardines marítimos de la costa bonaerense, esta especie forma matas densas que ayudan a fijar el suelo, reduciendo la erosión. Tolera heladas leves, pleno sol y suelos arenosos con drenaje perfecto. El riego excesivo es, de hecho, su principal enemigo.
Funciona especialmente bien en primeras líneas del jardín, cerca de médanos estabilizados o espacios muy expuestos, donde otras plantas simplemente no sobreviven.
La cortadera, bien elegida y bien ubicada, sigue siendo una aliada poderosa en jardines costeros. Cortaderia selloana, gramínea nativa del Cono Sur, está naturalmente adaptada al viento, al sol intenso y a suelos pobres.
Las variedades más controladas —con porte definido y floración menos invasiva— aportan estructura, movimiento y presencia durante todo el año, algo clave en paisajes abiertos donde el jardín necesita sostenerse incluso fuera de la temporada estival.
Es una gramínea perenne de crecimiento primavero-estival. Forma matas cespitosas con forma de fuente, con hojas de textura mediana a fina de color verde. Florece con panojas de color castaño a mediados del verano. Crece muy bien a pleno sol o también en una media sombra ligera. No es exigente con la calidad de los suelos, ni tampoco con el riego.
La variedad ‘Moudry’ forma matas más chatas y anchas, con inflorescencias cilíndricas y muy vistosas que suelen aparecer al final del verano.
El error más frecuente en jardines junto al mar es intentar replicar modelos pensados para otros climas. En cambio, cuando se trabaja con plantas adaptadas —muchas de ellas nativas— el mantenimiento baja, la supervivencia aumenta y el paisaje gana coherencia.
Elegir especies que aceptan el viento, toleran el salitre y prosperan en suelos austeros es una forma inteligente de jardinería. Y también una ruta estética.
Porque incluso frente al mar, donde todo parece hostil, el jardín puede florecer. Solo hay que saber con quién hacerlo.


