Emilia Clarke lo tiene asumido: siempre será Daenerys de Game Of Thrones. “Estoy empezando a darme cuenta de que, para bien o para mal, no importa cuántos trabajos haga en mi vida ni cuánto tiempo tenga la fortuna de ser actriz: ese será el titular de mi lápida”, cuenta a El País por videollamada. La entrevista, a mediados de enero, es por la nueva serie que protagoniza, Ponies, pero ella asume con una sonrisa, y cierta resignación, las preguntas sobre su papel más conocido.
¿Creés que alguna vez vas a poder sacarte el peso de haber sido la madre de dragones? “Oh, no es una carga, pero creo que nunca lo haré. Y no creo que sea la peor cosa del mundo. Fue una experiencia preciosa y una oportunidad loca y me siento muy agradecida por ello. Ahora miro atrás a Game Of Thrones y es como recordar mis años en el colegio. Seguro que tenés sentimientos mezclados sobre esos años. A veces fue divertido y a veces, apestó. Así fue”, confiesa la actriz. “Pero si descarto a Daenerys de mi vida, entonces me descarto a mí y mis 20, y no quiero hacerlo porque lo pasé genial”, añade.
En Ponies, Clarke y Haley Lu Richardson interpretan a dos mujeres que trabajan en la embajada de Estados Unidos en Moscú en 1977. La muerte de sus maridos en misteriosas circunstancias en un viaje en avión hará que ambas se conviertan en agentes de la CIA para tratar de averiguar qué ocurrió. Aprovecharán su condición de PONIES, acrónimo en inglés de “personas sin interés”. Ambas son muy diferentes, pero vivir unas circunstancias similares las unirá. Además, Bea, el personaje de Clarke, maneja a la perfección el ruso, cosa que, advierte, no hace la actriz.
“Tuve que aprender y es mucho más complicado que el dothraki [uno de los idiomas de Game Of Thrones]. Los lenguajes reales son mucho más difíciles que los inventados. Y la presión, porque hay diferentes acentos en Rusia y diferentes dialectos. Aprendí mis líneas muy bien y ya. Pero en mi último día de rodaje, sentada en el coche con Artjom [Gilz, otro de los actores de la serie], que es ruso, me preguntó algo en ruso y le contesté. ¡Literalmente fui capaz de responder!”, exclama.
Ponies se diferencia de otras historias de espías en los tintes de comedia que aportan las personalidades de las dos protagonistas y su inexperiencia. Con tono desenfadado, ritmo rápido y una trama que se va enredando según avanza, la historia pone el foco en las peripecias de esas dos mujeres. “Tiene todo lo de una serie de espías, su emoción y que te atrapa, pero al final es la historia de estas dos mujeres, su amistad, su crecimiento y su propósito en la vida”, cuenta Haley Lu Richardson, quien acompaña a Clarke en la entrevista.
Ambas destacan la relevancia del enfoque femenino en esta historia. “Hablamos de un tiempo en el que no existía esa perspectiva. Era un grupo históricamente silenciado”, dice Clarke. “Las vemos prosperar. Y cómo traen a la mesa cosas que las mujeres pueden hacer de forma innata y que son muy útiles en esas posiciones. Es muy buena en eso porque es una mujer. Puede meterse en la cabeza de él porque es una mujer. Puede hacer múltiples tareas. Puede contener multitudes”, añade Richardson, conocida por su papel de Portia en la segunda temporada de The White Lotus.
Estrenar una serie ambientada en la Guerra Fría en tiempos en los que el tablero internacional está tan agitado parece de lo más pertinente. ¿Creen sus protagonistas que Ponies es especialmente relevante hoy en día? “Sí y no”, dice Emilia Clarke. “Creo que la historia siempre se repite, y siempre estaremos en momentos de tensión. Tener series que arrojan luz sobre un tiempo pasado está muy bien. No es como si vemos Succession y dices, ‘oh, dios, ¡predijeron un montón de cosas, vieron el futuro!’. Pero eso era total imaginación. Nosotros estamos hablando de una era pasada que existió. Por eso siempre será relevante. Y siempre dará miedo", reflexiona la actriz. “Pero creo que lo que mejor hace la serie es lo que busco cuando me siento a ver la televisión, que es escapismo”, sostiene.
Las dos protagonistas de Ponies son dos mujeres estadounidenses que viven en Moscú en los años setenta y se sienten extrañas en un mundo muy diferente al suyo, un mundo hostil en muchas ocasiones. Es una sensación que no es ajena a Clarke y Richardson. “Cuando empezás en la industria, tenés un enorme síndrome del impostor. Poneme en una ceremonia de premios y eso puede hacerme sentir en un entorno realmente hostil. Da miedo”, ríe a carcajadas Emilia Clarke.
Su compañera recuerda esa sensación en sus comienzos en la interpretación. “Me mudé a Los Ángeles para ser actriz a los 16 años. Hola, mundo. Hola, vida. Hola, tiburones. Hola, egos. Hola, gente que quiere algo de mí. Es difícil encontrar un equilibrio entre no convertirte en alguien amargado, desconfiado y cerrado, pero al mismo tiempo protegerte”, recuerda Richardson. “Así que sí, creo que nos referimos a lo mismo: la industria”, resume Clarke. “El mundo”, remata Richardson.
