Durante los últimos días, una gran cantidad de personas me han preguntado, una y otra vez, si la fragmentación del CJNG es inminente después del abatimiento de su líder máximo, el pasado 22 de febrero. Se trata de una pregunta relevante. Desde tiempos de Felipe Calderón, varias detenciones o abatimientos cupulares propiciaron grandes olas de violencia que, al no atenderse oportunamente, degeneraron en epidemias de homicidios de larga duración (algunas se prolongaron durante varios años).
Así, los supuestos avances que lograban las autoridades con la decapitación de una mafia regional terminaban por esfumarse dado el altísimo costo social derivado de las largas crisis de violencia. Este fue el caso, por ejemplo, de Los Zetas, La Familia Michoacana o Los Beltrán Leyva, por mencionar algunas de las mafias más relevantes.
Sin embargo, en el caso del CJNG tenemos cuatro factores que sugieren que la probabilidad de una fragmentación inmediata y generalizada de este cártel es relativamente baja, al menos en el corto plazo.
En primer lugar, el CJNG es una organización criminal altamente institucionalizada. Durante la última década y media, el grupo pasó de ser una red armada regional a convertirse en un conglomerado criminal diversificado con presencia nacional y proyección transnacional. Su estructura se asemeja más a una jerarquía corporativa que a una banda improvisada.
El CJNG cuenta con divisiones especializadas encargadas de finanzas, logística, seguridad territorial y rutas internacionales de tráfico. Las organizaciones con este tipo de estructura suelen procesar mejor los golpes a su liderazgo. Cuando el líder desaparece, los mecanismos de sucesión permiten mantener la continuidad.
La institucionalización también genera disciplina interna. Los mandos regionales operan dentro de un sistema que premia la cooperación y castiga la deserción. Para un líder local, separarse de la organización significa exponerse a represalias del propio cártel, al mismo tiempo que enfrenta la presión del Estado y la acechanza de organizaciones rivales.
En segundo lugar, los incentivos económicos para cooperar dentro del CJNG son enormes. A diferencia de cárteles previos que dependían de una sola fuente de ingresos, el CJNG ha diversificado ampliamente su portafolio criminal. Participa en los mercados globales de drogas sintéticas –especialmente metanfetaminas y fentanilo–, pero también obtiene rentas mediante redes de extorsión, robo de combustibles, tráfico de migrantes y otros mercados ilícitos.
Estos mercados generan economías de escala importantes. Las redes logísticas centralizadas, los canales de corrupción y las estructuras de lavado de dinero funcionan como infraestructura compartida para sus operadores regionales. Una vez que alguna facción decide separarse, esta pierde automáticamente el acceso a estas ventajas, y tiene que reconstruirlas por su cuenta. En términos prácticos, escindirse implica costos de transacción elevadísimos para cualquier jefe regional descontento.
En tercer lugar, la presencia de rivales poderosos favorece la unidad en lugar de la división. El CJNG opera en territorios donde siguen activos otros grupos criminales, incluidos grupos asociados al Cártel de Sinaloa, a Cárteles Unidos y al Cártel Santa Rosa de Lima, entre otros. Si el CJNG se fragmentara, estos competidores aprovecharían velozmente los conflictos internos para disputar territorios y fuentes de ingresos. Para los mandos regionales, permanecer dentro de la organización funciona como una forma de seguridad colectiva.
Finalmente, existe un cuarto factor que podría ser particularmente relevante en este momento: la aparente participación de capacidades de inteligencia estadounidenses en la operación que permitió ubicar a El Mencho.
Si los líderes del cártel perciben que tecnologías avanzadas de vigilancia –como drones de alta autonomía y sistemas sofisticados de inteligencia– desempeñaron un papel decisivo en la identificación de su líder, el impacto psicológico podría ser considerable. Enfrentar a un adversario con capacidades tecnológicas superiores suele inducir cautela operativa y desalentar conflictos internos que debiliten la capacidad de defensa de la organización.
Paradójicamente, una amenaza externa poderosa puede tener un efecto cohesionador en el corto plazo. Los liderazgos regionales pueden calcular que mantener la unidad y reducir su visibilidad es la mejor estrategia para sobrevivir una etapa de alta presión por parte de las autoridades mexicanas y estadounidenses.
Sin embargo, esa cohesión podría ser solo coyuntural, pues la misma presión externa que hoy incentiva la unidad podría –bajo ciertas circunstancias– generar el efecto contrario. Si las acciones de las autoridades se vuelven sostenidas y altamente focalizadas –dirigidas solo contra mandos medios y operadores financieros– el equilibrio interno podría romperse. Una campaña prolongada de desmantelamiento de redes financieras, captura de líderes regionales y afectación a las cadenas logísticas podría convencer a algunas facciones de que seguir siendo parte del CJNG es una aventura demasiado incierta y costosa. En este escenario, la fragmentación podría aparecer, más como una estrategia de supervivencia que como una expresión de ambición.


