La asunción de José Antonio Kast como nuevo presidente de Chile marca un cambio profundo en el equilibrio político del Cono Sur y abre un escenario de afinidad ideológica con el gobierno de Javier Milei, con quien comparte una agenda centrada “en el orden”, “la seguridad” y un fuerte alineamiento con Estados Unidos.
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El dirigente del Partido Republicano chileno llegó al poder tras imponerse con cerca del 60% de los votos frente a la candidata oficialista Jeannette Jara, en un resultado que muchos analistas interpretan como el giro más marcado hacia la derecha en Chile desde el retorno de la democracia en 1990.
La presencia de Javier Milei en el Congreso nacional chileno en Valparaíso, para la ceremonia de asunción de este miércoles desde las 10.30, no es un gesto protocolar más. Se trata de una señal clara de la convergencia política entre ambos presidentes, que en los últimos meses consolidaron una relación de cercanía en distintos encuentros internacionales.
“Todo va a estar bien. Vamos a tener una muy buena relación”, sintetizó José Antonio Kast luego de visitar a Milei en la Casa Rosada en su primer viaje como presidente electo de Chile el pasado 16 de diciembre. “Qué triunfazo. Felicitaciones, fue glorioso”, había deslizado el presidente argentino ni bien conocidos los resultados de los comicios chilenos.
A su vez, ambos participaron recientemente en una cumbre conservadora en Miami junto al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, en un evento promovido por el mandatario estadounidense Donald Trump, quien elogió públicamente a Kast como un aliado estratégico en América Latina.
Este nuevo vínculo entre Buenos Aires y Santiago podría reconfigurar el mapa político regional. Con Javier Milei en Argentina y José Antonio Kast en Chile, se podría consolidan un eje ideológico que busca posicionarse como contrapeso a los gobiernos de centroizquierda que dominaron gran parte de la última década en la región. En ese esquema, ambos mandatarios promueven una agenda que combina “liberalismo económico” con un enfoque duro en materia de seguridad y control migratorio.
La sintonía entre ambos también se proyecta en el plano internacional. El nuevo gobierno chileno tenderá a alinearse con la Casa Blanca en temas estratégicos, lo que implicaría un giro respecto de la política exterior del presidente saliente Gabriel Boric.
Ese cambio ya comenzó a evidenciarse incluso antes de la asunción, cuando José Antonio Kast decidió dar por terminado el proceso de transición tras un desacuerdo con el gobierno saliente por un proyecto de cable submarino con China, el principal socio comercial de Chile, una iniciativa que había despertado recelos en Washington.
La relación con Milei, en ese contexto, aparece como uno de los pilares del nuevo esquema regional. Ambos líderes comparten críticas a lo que denominan el “estatismo” de los gobiernos progresistas y coinciden en la necesidad de promover reformas económicas profundas. También comparten una narrativa política basada en la confrontación con el establishment político tradicional.
Sin embargo, el supuesto nuevo mapa político que comienza a delinearse no está exento de tensiones. La ausencia del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva en la ceremonia de asunción refleja las diferencias ideológicas que Kast genera dentro de la región.
Lula había confirmado inicialmente su presencia, pero canceló el viaje a último momento en medio de versiones sobre la participación del senador Flávio Bolsonaro, hijo del exmandatario Jair Bolsonaro, principal rival político del líder del Partido de los Trabajadores.
De esta manera, la llegada de José Antonio Kast al poder no solo redefine la política interna chilena, sino que también introduce una nueva dinámica en el tablero latinoamericano. El eje que comienza a delinearse entre Santiago y Buenos Aires podría convertirse en uno de los polos políticos más influyentes de la región en los próximos años, especialmente si logra articular posiciones comunes en materia económica, diplomática y de seguridad.
El desafío para Kast, sin embargo, será trasladar esa afinidad ideológica al terreno de la gobernabilidad. Con un Congreso fragmentado y una sociedad que demanda respuestas rápidas en materia de seguridad y crecimiento económico, los primeros meses de gestión serán determinantes para evaluar si este nuevo bloque político logra consolidarse o si la polarización regional termina imponiendo nuevos límites a su proyecto.
JIB

