Durante casi dos décadas, la política argentina estuvo organizada alrededor de una lógica relativamente estable: la confrontación entre kirchnerismo y antikirchDurante casi dos décadas, la política argentina estuvo organizada alrededor de una lógica relativamente estable: la confrontación entre kirchnerismo y antikirch

¿Y si la grieta ya no alcanza para ganar?

2026/03/12 08:49
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Durante casi dos décadas, la política argentina estuvo organizada alrededor de una lógica relativamente estable: la confrontación entre kirchnerismo y antikirchnerismo. Ese clivaje estructuró identidades políticas, alineó votantes y funcionó como el principal ordenador de las elecciones, más allá de quién estuviera en el Gobierno en cada momento.

En las elecciones presidenciales de 2019, por ejemplo, el Frente de Todos y Cambiemos concentraron casi el 90% de los votos. Prácticamente no había representación política por fuera de la polarización.

La grieta, esa forma de ordenar el conflicto político argentino desde la crisis con el campo del 2008 en adelante, comenzó a crujir en 2023, con la irrupción vertiginosa de Javier Milei.

Ante el fracaso del peronismo gobernante, la sociedad no se inclinó por la alternativa natural -Juntos por el Cambio- sino que optó por un outsider que como plataforma de campaña prometía destruir y regenerar a la dirigencia política tradicional.

Sin embargo, la grieta cambió de nombres, pero no se extinguió. Tanto en el balotaje de 2023 como en las elecciones intermedias de 2025, La Libertad Avanza apeló a la identidad anti-kirchnerista para traccionar el voto de un público -el ex macrismo duro- muy enojado con el kirchnerismo, pero no del todo interpelado por el estilo, las formas y el tono libertario.

Así, el eje de confrontación de Milei dejó de ser implícitamente la casta política, para centrarse en el peronismo en general y el kirchnerismo en particular. Esa estrategia, hay que decirlo, le trajo excelentes resultados a Milei tanto en las presidenciales como en las legislativas del año pasado.

El eje de confrontación de Milei dejó de ser implícitamente la casta política, para centrarse en el peronismo en general.

Pero hoy, cuando nos acercamos al final del primer trimestre de 2026, algunos datos de opinión pública sugieren que ese mecanismo de alentar a la confrontación kirchnerismo-antikirchnerismo como lógica de acumulación política podría estar empezando a mostrar límites.

Una encuesta reciente de Opina Argentina muestra un mapa político relativamente estable pero con un dato clave. En marzo, aproximadamente el 36% del electorado se identifica como oficialista, mientras el 46% se ubica en la oposición.

Entre ambos polos aparece un 17% que no se reconoce ni con el Gobierno ni con la oposición. Ese segmento —los llamados “Ni-Ni”— es el verdadero campo de batalla electoral.

La lógica política que sostuvo hasta ahora a Javier Milei es conocida: la polarización con el kirchnerismo, como dijimos, ordenó el voto opositor al pasado reciente y consolidó un bloque electoral competitivo. Cuando la discusión se plantea como una confrontación entre libertarios y kirchneristas, el oficialismo logra estructurar una coalición política relativamente amplia.

Con ese objetivo estratégico, el Presidente inauguró las sesiones ordinarias del Congreso el pasado 1 de marzo con un discurso plagado de diatribas y descalificaciones al kirchnerismo. Para no dejar que se extinga. Para subirlo al ring nuevamente. Para inhibir cualquier proceso de renovación en el peronismo. Porque sabe que si la alternativa es el pasado, gana el presente.

Pero el problema aparece cuando el eje deja de ser la grieta y pasa a ser la gestión. Ahí entran en escena los votantes que no están alineados con ninguno de los polos. No son necesariamente indiferentes a la política. Al contrario: más que independientes, son electores en suspenso.

No tienen una identidad política definida, pero sí la capacidad de inclinar el resultado electoral en uno u otro sentido. ¿Qué sabemos sobre ese electorado al que todos los equipos de campaña intentan persuadir con mensajes quirúrgicamente segmentados?

Primero, se trata de un segmento muy crítico del sistema político en general. Miran con desconfianza a los dirigentes nacionales y mantienen distancia tanto del oficialismo como de la oposición.

Segundo, aunque rechazan al Gobierno actual, su desaprobación del kirchnerismo es todavía mayor. Entre los Ni-Ni, el 78% tiene una imagen negativa de Cristina Fernández de Kirchner, mientras que el 68% rechaza a Milei.

Tercero, predominan las percepciones negativas sobre la situación del país. Un 59% de este universo considera que las políticas del Gobierno perjudican a la Argentina, frente a un 26% que cree que la benefician. Además, el clima de expectativas es pesimista: 45% cree que la situación será peor dentro de un año, mientras que apenas 21% imagina una mejora.

El resultado es un electorado que no está satisfecho con el presente y ve con desesperanza el futuro, pero tampoco encuentra una alternativa clara en el pasado. Un electorado, en definitiva, huérfano de representación política y, más aún, de horizonte de futuro.

Por eso, el dilema electoral de Milei no se juega solo en la confrontación con el peronismo. A medida que el tiempo pasa, el ajuste fiscal extiende el sacrificio social y la tan remanida recuperación económica no se termina de percibir en los bolsillos, la polarización puede servir para ordenar el voto duro, pero no necesariamente alcanza para conquistar a ese electorado pendular que no se ve interpelado por discusiones simbólicas y espera de la política resultados concretos que mejoren su vida material.

Hoy el escenario electoral muestra números relativamente competitivos —alrededor de 39% para el oficialismo y 32% para la oposición—, lo que abre un interrogante central: Milei podría ganar una primera vuelta, pero quedar dependiente del balotaje si los neutrales no se inclinan por su proyecto. En ese contexto, el comportamiento de ese 15 o 20% del electorado puede ser decisivo.

Tal vez el dato más interesante del escenario actual no sea quién lidera la competencia, sino qué tipo de competencia está emergiendo. La grieta no desaparece, pero podría dejar de ser suficiente para estructurar mayorías.

Y si eso ocurre, la elección ya no se decidirá entre oficialismo y kirchnerismo, sino en ese territorio más incierto donde votan y definen el resultado quienes no se sienten representados por ninguno de los dos polos que, hasta aquí, ordenaron el juego de la política argentina.

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