En los albores del siglo XI, el rey Canuto el Grande (quien tras conquistar la Inglaterra anglosajona, había forjado un imperio del Mar del Norte que integraba su natal Dinamarca, Noruega e Inglaterra) buscó demostrar a sus cortesanos zalameros los límites reales del poder. Sentado frente al mar, ordenó al oleaje detenerse y sentenció: “Todo el poder de los reyes resulta vano ante los límites del mundo”. Era una lección de humildad para su corte: incluso el monarca más poderoso debía reconocer que existen fronteras infranqueables. Mil años después, otro líder sin noción alguna de fronteras de toda índole y con ambiciones sobre territorios daneses pasa por alto aquella admonición. La obsesión de Donald Trump por hacerse con Groenlandia -expresada mediante amenazas a Dinamarca y, por extensión, a Europa entera- no solo revive ecos de un imperialismo rancio, sino que amenaza los cimientos mismos de la Alianza Occidental y su OTAN. Donde Canuto predicó prudencia ante lo imposible, Trump exhibe una hibris sin límites que desafía tanto la geografía como las relaciones internacionales del siglo XXI.
La renovada determinación de Trump por adquirir Groenlandia representa mucho más que un pulso por hacerse de minerales esenciales, negarle a otras potencias la capacidad operativa en el Ártico o crear una distracción de política interna ante encuestas en picada y el escándalo Epstein. Es, ante todo, en el año que se celebrará el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos -y espoleado por el ejemplo de su héroe, el Presidente McKinley (quien anexó Hawái y ocupó Cuba, Guam, Puerto Rico y Filipinas)- un intento pueril por expandir en el mapamundi el territorio del país. Pero también marca, sin duda, un peligroso punto de inflexión para Estados Unidos y una señal alarmante para el resto del mundo (con la excepción de Rusia y China que lo ven como la coartada para justificar su agresión en Europa y su anhelo de hacerse con Taiwán): un momento en el cual la ambición imperial choca con las obligaciones de los tratados, donde la coerción sustituye a la colaboración y donde las alianzas más fundamentales de EE.UU se enfrentan a una amenaza existencial proveniente no de adversarios en Moscú o Beijing, sino del propio inquilino en turno de la Casa Blanca.
Cuando Trump amaga con que EE.UU hará algo con respecto a Groenlandia “les guste o no”, no solo está intimidando a su aliado Dinamarca. Está desmantelando sistemáticamente siete décadas de una arquitectura de alianzas construida sobre el respeto mutuo, la integridad territorial y el Estado de derecho. Groenlandia no es un asunto marginal para los europeos ni hay necesidad de especular sobre el escenario de una posible confrontación; lo ocurrido hasta ahora ya es de por sí alarmante. Como advirtió la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, un ataque a Groenlandia significaría el fin de la OTAN, y las recientes declaraciones de cinco líderes europeos afirmando que sus países se solidarizarían con Dinamarca ante un ataque a la soberanía de Groenlandia y a favor del despliegue de tropas europeas en la isla -y subrayando de paso que Dinamarca y Groenlandia son quienes deben decidir su propio destino, y nadie más- son solo los indicios más recientes de esta creciente crisis.
Con una superficie de cerca de 2.2 millones de km², Groenlandia, la isla más grande del mundo que no es un continente, es aproximadamente seis veces el tamaño de Alemania y con apenas alrededor de 56,000 habitantes, en su mayoría inuit. Su ubicación entre Norteamérica y el Ártico la sitúa en una posición estratégica para sistemas de alerta temprana en caso de ataques con misiles y para la vigilancia de buques y submarinos en la región. En el apogeo de la Guerra Fría, EE.UU tenía planes de instalar misiles nucleares en la isla, pero abandonó el proyecto debido a problemas de ingeniería y a las objeciones danesas.
Hoy hay mucho en juego. Dinamarca y EE.UU estuvieron entre los doce miembros fundadores de la OTAN en 1949, unidos en la defensa colectiva contra la amenaza de agresión soviética. Pero ahora, en una amarga ironía histórica, Dinamarca se encuentra contemplando la defensa no contra la expansión rusa desde el este, sino contra una bravata y extralimitación imperial estadounidense desde el oeste, amenazando la soberanía de un aliado europeo. Las consecuencias no tendrían precedente y entraríamos a territorio ignoto: un miembro de la OTAN amenazando con arrebatar a punta de pistola territorio a otro miembro de la OTAN. Y lo que hace particularmente corrosiva la táctica de Trump sobre Groenlandia es su desprecio fundamental por los principios que su país alguna vez defendió. El orden internacional posterior a 1945 se construyó explícitamente sobre el rechazo a la conquista territorial. Estados Unidos lideró el establecimiento de estas normas precisamente porque mal que bien comprendió que la agresión ilegal, encarnada en ese momento por la Alemania nazi o el Japón imperial, amenazaba la estabilidad global. Ahora, un presidente estadounidense desestima con indiferencia las preocupaciones sobre la soberanía y el derecho internacional; amenaza con gansterismo arancelario una nueva guerra económica con Europa y con vandalismo diplomático se niega a descartar una acción militar. Nombra enviados especiales cuya misión explícita es “integrar Groenlandia a los Estados Unidos” y ningunea la opinión del primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, quien declaró inequívocamente que los groenlandeses “no quieren ser propiedad de Estados Unidos” y “no formarán parte de Estados Unidos” (las encuestas muestran que el 85% de los groenlandeses rechaza el control estadounidense), mientras desliza que la renuencia de groenlandeses y daneses será su perdición. Este es el lenguaje de imperio y de la agresión, de lo que vimos en la Europa del lebensraum, del Anschluss y de los Sudetes.
Lo que hace más de un año -desde su triunfo en las urnas en noviembre de 2024- podría haberse interpretado meramente como una táctica inicial para sostener conversaciones parece cada vez más una determinación profundamente arraigada, una que Trump ha develado públicamente al negarse a descartar el uso de la fuerza, al mejor estilo criminal del “plata o plomo”. Y las justificaciones de su administración suenan huecas. Los funcionarios citan preocupaciones de seguridad nacional y advierten que Rusia o China podrían apoderarse de Groenlandia si EE.UU no lo hace, o la cercanía a territorio estadounidense de operaciones militares rusas (cuando del otro lado del continente americano, en el Estrecho de Bering, hay bases rusas a solo 4 kilómetros de Alaska). Pero este razonamiento es circular y engañoso. EE.UU ya mantiene la Base Espacial Pituffik en Groenlandia en virtud de un acuerdo de defensa de 1951 con Dinamarca, lo que garantiza el acceso militar estadounidense para la seguridad del Ártico. Dinamarca ha anunciado miles de millones en nuevo gasto de defensa para Groenlandia, ha acogido la ampliación de los ejercicios de la OTAN en la región y los aliados europeos han ofrecido una mayor cooperación en materia de seguridad. La infraestructura para la defensa colectiva del Ártico ya existe pero lo que Trump exige no es seguridad, sino soberanía y un título de propiedad inmobiliaria. Cuando se le presiona sobre el acceso a los minerales, Trump les resta importancia, insistiendo en que se trata de seguridad, “no de minerales”. Sin embargo, Mike Waltz, su exasesor de seguridad nacional defenestrado hace unos meses, enfatizó explícitamente que Groenlandia “tiene que ver con minerales críticos” y “recursos naturales”. Las contradicciones revelan el vacío en el corazón de esta empresa: se trata del control por sí mismo, impulsado por la obsesión personal de Trump con la adquisición territorial como medida de grandeza presidencial. Como le dijo a su equipo de seguridad nacional en 2019, adquirir Groenlandia es “psicológicamente importante para mí”. Y su petulancia hacia la capacidad militar danesa, burlándose de que “su defensa es como dos trineos tirados por perros”, viene de un presidente cuya nación ha dependido de soldados daneses que lucharon junto a los estadounidenses en Afganistán e Irak y cuya alianza con Dinamarca ha sido fundamental para la seguridad internacional durante 75 años. Tal desprecio por los aliados no revela fuerza, sino inseguridad: la necesidad de debilitar y denostar a socios y aliados para reafirmarse, en lugar de colaborar con ellos.
El daño a la OTAN se va a extender más allá de esta crisis específica. La cohesión de la Alianza depende de la confianza: la seguridad de que los Estados Parte cumplirán sus compromisos y respetarán la soberanía de los demás. Cuando uno amenaza con violar la integridad territorial del otro, esa confianza se desmorona. Y las implicaciones más amplias son igualmente alarmantes. Si Estados Unidos logra absorber Groenlandia mediante la coerción económica o la intimidación militar, establece un modelo que las potencias autoritarias seguirán con entusiasmo, alentados por la hipocresía estadounidense. Porque cuando Washington abandona las normas que una vez defendió, estas normas dejan de limitar a todos.
En su 250 aniversario como nación, Estados Unidos se enfrenta a una disyuntiva. Puede continuar por este camino, buscando la conquista territorial a expensas de sus aliados, credibilidad y principios fundacionales. O puede reconocer que la verdadera seguridad no proviene de la regurgitación del control imperial, sino de alianzas basadas en el respeto mutuo. El valor estratégico de Groenlandia para EE.UU depende enteramente de acuerdos de cooperación con Dinamarca, acuerdos que la intimidación de Trump amenaza con destruir. Si existe un camino a seguir, este requiere que Washington abandone por completo su postura imperial. Eso significa renunciar categóricamente a cualquier intención de apoderarse de Groenlandia, ya sea mediante compra, coerción o fuerza. Significa afirmar la autodeterminación groenlandesa y la soberanía danesa. Significa trabajar dentro de los marcos existentes para la seguridad del Ártico en lugar de exigir control territorial. Fundamentalmente, significa reconocer que los intereses de EE.UU se basan en un orden internacional basado en normas, no en la ley de la selva, donde la ley del más fuerte dicta la ley.
La tragedia es que tales posturas parecen cada vez más improbables por parte de esta administración. Trump no ha demostrado la capacidad para la paciencia estratégica que forjó la era estadounidense de la posguerra. En cambio, busca la gratificación -y el negocio cleptocrático- de la adquisición territorial, sin importar los costos a largo plazo para el liderazgo estadounidense y la estabilidad global. La lección que deja Trump, tanto en su gestión interna como en la ejecución de su política exterior es clara: la mayor amenaza para la Alianza Occidental no proviene de afuera, sino de adentro. Por ello, Europa debe prepararse para una arquitectura de seguridad posestadounidense. Si no se puede confiar en que EE.UU respete la soberanía aliada, las naciones europeas deben fortalecer sus propias capacidades de defensa y su presencia en el Ártico.
La historia juzgará con severidad este momento de extralimitación imperial estadounidense. Así como administraciones anteriores son recordadas por construir la OTAN y defender la autodeterminación, esta podría ser recordada por desmantelar ambas en aras de las fantasías territoriales de un solo hombre. Trump ha sugerido que podría tener que elegir entre Groenlandia y la OTAN. Para los europeos, esta es una declaración profundamente perturbadora. Para los estadounidenses que valoran la OTAN, debiera ser igualmente alarmante. La pregunta es si alguien en Washington tendrá hoy la sabiduría, convicción y valor para atajarlo.

