Detrás del mito del Blue Monday hay una verdad incómoda. No necesitamos una fecha comercial para validar la tristeza, lo que sí hace falta es entender cómo esasDetrás del mito del Blue Monday hay una verdad incómoda. No necesitamos una fecha comercial para validar la tristeza, lo que sí hace falta es entender cómo esas

No creo en Blue Monday, sí en el poder de la tristeza

No me sentí más triste este lunes que otros días, de hecho, no experimenté tristeza a lo largo de la jornada, al menos no de forma consciente, sí una gama de otras emociones. ¿Qué tal tú?

Más motivado por un trasfondo comercial que científico, el psicólogo Cliff Arnall presentó hace una década una fórmula con la que definió que el tercer lunes de enero es el día más triste del año, entre otras cosas, debido a que pasó el furor de las fiestas decembrinas, las presiones financieras y el factor del invierno –como si no supiera que la mitad del planeta está en otra estación, además de que otras regiones no conocen la inclemencias del tiempo que se viven en partes del hemisferio norte en esta temporada–.

Una amplia lista de especialistas ha debatido la fórmula que llevó a definir esta fecha como “Blue Monday”, porque realmente carece de sustento científico. La realidad es que la agencia de viajes Sky Travel es la que estuvo detrás de este planteamiento en 2005 como una estrategia publicitaria para promocionar que la gente tomara vacaciones en estas fechas.

Pero el poder del marketing le hace pensar a muchos hasta hoy que durante el tercer lunes del calendario se permite estar tristes, como si mágicamente al día siguiente este sentimiento pasara al olvido. Como si la tristeza fuera una emoción meramente colectiva. Como si no hubiera otro(s) día(s) realmente tristes a lo largo del año para cada uno. Como si las emociones esperaran a una fecha del calendario.

Lo que sí agradezco de fechas comerciales como ésta, es la oportunidad que dan para hablar de la importancia de las emociones. Dentro de su informe Estado del lugar del trabajo global 2025, Gallup dedica un importante espacio para señalar el impacto de ellas en el mundo laboral.

Con base en este reporte, el 23% de los trabajadores en el mundo experimenta tristeza de forma cotidiana, una proporción que, salvo el año de la irrupción de la pandemia en 2020 (25%), es una de las más altas desde que comenzó a levantarse la encuesta en 2009, cuando era de 16 por ciento.

Dentro de las emociones que mide el estudio, la tristeza tiene una presencia mayor que la soledad (22%) y el enojo (21%), aunque muy por debajo del estrés (40%) y la plenitud (33%).

Pero cuando la tristeza se instala, cuando deja de ser una emoción ocasional y se vuelve una constante, entonces podríamos estar hablando de un síntoma de algo más profundo, de depresión.

Precisamente hace unos días se conmemoró el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión (13 de enero), una fecha que, a diferencia del Blue Monday, no tiene un origen comercial, sino el interés genuino de la OMS y la ONU por generar conciencia sobre un padecimiento que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo.

En México, como dato oficial, se sabe que 3.6 millones de personas padecen depresión, al menos como diagnóstico. Pero de acuerdo con el módulo de Bienestar Autorreportado 2025 del Inegi, 13.8 millones de personas presentan indicios de este padecimiento y se calcula que 34.8 millones de personas han experimentado algún episodio depresivo en su vida. Es, además, una de las principales causas de discapacidad laboral a nivel nacional, tal como en el resto del mundo.

“Los trastornos de salud mental, como la ansiedad y la depresión, son muy frecuentes en todos los países y grupos poblacionales, y afectan a todas las edades y todos los niveles de ingresos. Constituyen la segunda causa de discapacidad prolongada, aumentan el número de años de vida saludable perdidos, generan gastos en atención de salud para las personas y las familias afectadas y ocasionan pérdidas económicas sustanciales en todo el mundo”, expresa la OMS.

En el terreno laboral, la depresión no sólo afecta a quien la padece, sino también a los equipos y a las organizaciones en su conjunto. Las emociones no se quedan en casa, llegan a las oficinas, a las fábricas y a las videollamadas, se traducen en ausentismo, rotación, errores, menor productividad y, sobre todo, en un trabajo que deja de tener sentido.

La OMS y la OIT estiman que cada año se pierden 12,000 millones de días de trabajo en el mundo por depresión y ansiedad, con un costo estimado de un billón de dólares en productividad. De esta manera, hablar de salud mental no es un lujo ni una moda, es una necesidad humana, pero también económica.

Las empresas que lo entienden saben que cuidar el bienestar emocional de sus colaboradores y colaboradoras no es un gasto, es una inversión estratégica. Quien piense que todo esto no incide en el trabajo rutinario, o es muy ingenuo o simplemente no ha mirado con atención el rostro de su equipo un lunes cualquiera.

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