Dinamarca envió su última carta días atrás, poniendo fin a cuatro siglos de historia de su correo postal. Al hacerlo, también escogió para sí una muerte: la del género epistolar, que enterró para siempre. Sus ciudadanos quedaron privados de esa forma de narración personal de contacto con un otro, diferido en tiempo y en espacio. Lo hizo con un funeral a toda pompa, al anunciarlo con video de carga emotiva que repasaba la historia de PostNord, el correo postal danés, para el que contrató a la agencia creativa Snild. La última carta, el 31 de diciembre, fue un sobre que decía “A Dinamarca”. Integra ahora el Museo de la Comunicación de Copenhague, en el barrio Østerbro. Lo entregó el cartero Brian Rasmussen, que trabajó durante 30 años para el correo de ese país. Luego de completar ocho kilómetros en bicicleta, quedó sin empleo, como otros 1.500 trabajadores.
Sobrevivió al campo de exterminio nazi y al día siguiente plasmó esos horrores en carbonillas sobre papel
Con escasas semanas de diferencia, del otro lado del mundo, en Buenos Aires, una nueva cafetería propone ir en sentido contrario, con la creación del primer bar postal de Argentina. Se trata de Posdata Café Postal (Pte. Manuel Quintana 48) en el barrio porteño de Recoleta, una cafetería de especialidad que recupera la experiencia epistolar. Entre espressos, tés, scons, medialunas o avocado toast, se pueden escribir cartas o postales a mano, sellarlas con lacre o estampillas y enviarlas de verdad, celebrando la costumbre que se remonta a sistemas de mensajes de antiguos imperios —Persas, Incas, Romanos— hasta su evolución europea de servicios postales públicos y la invención de la primera estampilla por Rowland Hill, en 1837.
Carolina Barone, responsable de la iniciativa, supone que la idea le surgió “por ser patriota”. Hija y nieta de trabajadores ferroviarios, fue testigo de cómo los ferrocarriles y el servicio postal unían pueblos. También de su desaparición. Criada en el paraje El Jardín, en Elortondo, provincia de Santa Fe, donde aprendió a manejar un telégrafo siendo niña, Barone vio cómo su abuelo, jefe de estación, y su padre, maquinista, dedicaron su vida a “mantener unido a un país”. “Las cartas y las encomiendas viajaban por las vías y la desaparición de los ferrocarriles significó la desaparición de pueblos. Los correos de bandera ‘hablan’ con los rincones del mundo. Una parte de la humanidad se define por la lengua. Cuando le pedís todo a la Inteligencia Artificial, cedés. La carta es un lugar de conexión real. Porque en la palabra escrita no vale todo. No hay mensaje eliminado. Funciona la inmortalidad del sentimiento”, dice Barone, licenciada en Relaciones Internacionales.
Su cafetería funciona como una unidad postal oficial, la 5828, del Correo Argentino, a modo de franquicia. Todas las tardes, a las 15.30, el cartero pasa y retira del buzón amarillo instalado en la puerta las decenas de cartas y postales con sello propio que epistológrafos —novatos o nostálgicos— de varias partes del mundo escriben sobre sus mesas. Postales del Sol de Mayo, del Escudo Nacional Argentino, de las Islas Malvinas, del mapa de Argentina y Sudamérica o cartas hechas sobre papel carta membretado, a veces lacradas en oro viejo o dorado, viajan al lugar del país o del mundo que el remitente haya decidido para su encuentro con el destinatario elegido. Sus visitantes van en busca de lo intangible, el tiempo. Ese que se toman para pensar —qué, a quién— y aquél que añoran que se les dedique del otro lado, al llegar (transcurrida otra porción de tiempo) el mensaje elaborado entre el aroma del café recién molido y el olor tibio del lacre.
La cafetería abrió en noviembre último. Desde entonces, el clima de la tarde, cuando va más gente, es de calma y concentración, con clientes que ingresan con la idea de escribir una postal, como quien hace un trámite rápido, pero se descubren con ganas de pedir papel y “escribir largo”. Muchos preguntan lo mismo: si el buzón “funciona”. Un dato, acaso, que revela incredulidad, pero también cierta resignación hacia el género epistolar, que se cree extinguido. Al entrar, confirman que aún pervive, para pocos.
Para los cazadores de historias, acaso la mejor mesa sea la del rincón, cerca de la entrada, custodiada por el cuadro de la bandera argentina del artista Jorge Barboza, nacido en San Isidro, que empleó una técnica mixta de pintura y papel para incorporar el Preámbulo de la Constitución Nacional y crear el sol con recortes de diarios. Desde ahí puede suceder la caza de los relatos de quienes ingresan que, entre la incredulidad y la sorpresa, sienten la necesidad de compartir su vínculo con el universo epistolar. Como el de la artista visual Gloria María Holguín, de Cali, Colombia, quien pidió dejar dos postales que pintó especialmente para dos de las 90 casillas numeradas de madera. Las postales yacen escondidas. Dos personas darán con alguna, si tienen por suerte abrir alguna de aquellas.
O como el trabajador postal de Brasil, que pasó de casualidad y decidió ingresar y contar en la barra el que ha sido su oficio por treinta años. Después de su cappuccino, los anfitriones lo invitaron a proceder a un despacho postal, ese acto mucho más que administrativo y operativo de dar salida oficial a la correspondencia. Emocionado, hizo gala de su oficio y se entregó al regalo de ese ritual, que consagra la salida de una carta al mundo. Con la destreza de sus manos, supo proteger la identidad del destinatario de la vista curiosa de la cronista encubierta.
En un contexto global donde lo digital domina la escena, y mientras servicios postales en el mundo reportan pérdidas, creció en contrapartida el comercio electrónico a niveles récord. En 2022 se enviaron 161.000 millones de paquetes en el mundo, cifra que puede alcanzar los 256.000 millones en 2027, escribió The Economist en diciembre pasado.
Desde las mesas, donde conviven acentos de Argentina, del continente americano y de Europa, flota el humo del café que recorta las plumas suspendidas en busca de la palabra precisa para ese papel que atrapan los dedos. Una abuela con un nieto, un padre con su hija, una pareja canosa. Todos parecen coincidir en un instante de revancha para la carta narrada de puño y letra, aquella que se vale de suspender el tiempo para quebrar el silencio.

