La jefa de Estado no debería asumir responsabilidades e irresponsabilidades de otros. No toca a ella defender a Francisco Garduño, el excomisionado de migraciónLa jefa de Estado no debería asumir responsabilidades e irresponsabilidades de otros. No toca a ella defender a Francisco Garduño, el excomisionado de migración

Poder desbalagado

Cuanto más se acusa la concentración del poder, más disperso se advierte éste. Tal paradoja coloca a la presidenta de la República ante un absurdo: asume los costos y el desgaste del ejercicio del poder, sin derivar a plenitud los dividendos y beneficios de aquel.

La obstinación por reivindicar al poder presidencial como el mayor de los poderes está entrampando a la mandataria, justo cuando requiere ampliar sin ostentar su margen de maniobra, así como valorar la función de fusibles y amortiguadores a fin de evitar el debilitamiento o la pérdida de credibilidad. Precisa de ello para cuidar la investidura y ejercer la autoridad. En tres rubros se nota el embrollo en el cual se enreda: el desajuste del discurso; la asunción de responsabilidades e irresponsabilidades ajenas; y el desuso de recursos para delegar tareas y blindar su actuación.

La jefa del Ejecutivo se halla en un punto de inflexión que reclama: reconocer el límite y el horizonte del poder presidencial, tomar decisiones de la talla que exige la emergencia y actuar en consecuencia. Pretender que, pese a la urgencia, todo sigue igual hará prevalecer el poder desbalagado que terminará por complicar aún más la situación.

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A nadie escapa el desafío supuesto en lidiar con Donald Trump como tampoco que, al menos hasta ahora, la presidenta Sheinbaum ha conseguido sortear las embestidas o, si se quiere, contener las presiones y amenazas, así como el afán de someter al país a la visión hemisférica, el concepto de seguridad nacional y los intereses del gobierno del país vecino.

Se vive un tiempo si no inédito, sí peligroso en la relación con Estados Unidos. La coyuntura, la geografía, la dependencia y la asimetría obligan actuar con enorme imaginación, esmero y pragmatismo sin arrumbar principios: resistir sin confrontar, conceder sin complacer, cooperar sin entregar, librar sin tropezar. El terreno por donde se transita es campo minado y un mal paso podría acarrear terribles consecuencias al país en su conjunto.

Tal condición insta a marchar con pies de plomo, explorar con tiento el suelo que se pisa y, por lo mismo, reconocer algo sabido: en política, la línea recta no siempre es el camino más corto. Pese al deseo, el dogma y la voluntad, un manual para armar y desarrollar un proyecto no aplica cuando las condiciones son cambiantes y distintas. No es un asunto de táctica, sino de estrategia.

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Escrito lo anterior es evidente que la narrativa presidencial no da más de sí.

El discurso soberanista ya no ampara –dicho sin darse golpes de pecho– las concesiones hechas al gobierno estadounidense, así se presenten como decisiones libres e independientes. No sólo eso, insistir en esa narrativa tiende un velo sobre la realidad y lleva a la mandataria a incurrir en titubeos y contradicciones o, peor aún, a reanimar el doble discurso que desempata el dicho con el hecho. Más valdría, entonces, comenzar a llamar las cosas por su nombre y explicar sin ambages el motivo de las decisiones por duras que éstas sean.

En estos días, el abordamiento y tratamiento de dos asuntos restó credibilidad a la comunicación presidencial. El envío de petróleo a Cuba la hizo resbalar más de una vez y el litigio sobre los términos de la detención en México del presunto narcotraficante Ryan Wedding, terminó por exhibir sesgos de ingenuidad o perversidad en ella.

Sin ser los únicos, esos casos delatan la necesidad urgente de recalibrar la narrativa y salir de la ilusión de que la primera magistratura del país lo sabe todo y tiene la última palabra. Si de transformar se trata, más vale reconocer y explicar la realidad tal cual es.

Sostener contra Trump y marea el discurso dictado por el manual de la pretendida transformación sólo disminuye autoridad a la mandataria.

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Tampoco es el momento de resucitar, así sea en el imaginario, el presidencialismo todopoderoso, capaz de determinar hasta la caída de las hojas secas. Es hora de administrar y cuidar el poder, sobre todo, si –llegado el caso– es menester ejercerlo a fondo. No hacerlo es despilfarrarlo.

En esa tesitura, la jefa de Estado no debería asumir responsabilidades e irresponsabilidades de otros. No toca a ella defender a Francisco Garduño, el excomisionado de migración que lleva la ceniza de los migrantes calcinados; los yerros, excesos y deslices de los ministros de justicia, incapaces de entender lo que representan; a las y los gobernantes con presuntos vínculos con el delito o tentaciones propias de caciques; a los mercaderes de la política con disfraz de aliados; y menos aún a los corruptos con influencias y ascendencia.

Empeñarse en esas causas –por así, llamarlas– es autoinfligirse un castigo y desgastarse. Revela que, en la apariencia concentrado, el poder es disperso, no suyo. No muestra fortaleza, sino debilidad.

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El poder no depende de un tornillo, supone engranes y mecanismos que, en su sincronía, permiten al titular de aquel concentrarse donde verdaderamente es preciso. Una cosa es el nado sincronizado y otra la nada de sincronía.

De esa maquinaria se debería ya echar mano. Morena, al menos su vertiente radical que con gran celo y sin considerar la realidad vigila que la mandataria no se aparte un ápice de la ruta trazada en otras condiciones, debería voltear la vista a la recua de gobernadores, dirigentes, funcionarios y legisladores que desprestigian a su partido, a quienes han hecho de la causa una fortuna o un negocio con el crimen. Distinguir los garbanzos de a libra de los pájaros de cuenta. No sólo es cosa de afiliar y armar mítines bajo pedido, mientras el ejercicio del poder se dispersa.

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El tiempo llama a administrar y ejercer el poder con esmero, no ha desbalagarlo, cuando pende sobre el país una amenaza.

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