Desde hace ya varios días, la presidenta Sheinbaum se curó en salud. Adelantándose a un revés a su iniciativa de reforma electoral por parte de sus aliados del Partido Verde y el Partido del Trabajo, que anticiparon su rechazo por no querer darse un balazo en el pie, lanzó –palabras más, palabras menos– una clara advertencia que reiteró en varias ocasiones: La gente sabrá que quienes se opusieron a los deseos del pueblo fueron aquellos que defienden sus privilegios de partido por encima de la voluntad popular. Y dejó claro que ella, en todo caso, había cumplido con la gente. O sea, allá ellos y su mala cabeza.
Si la iniciativa no pasa, como todo parece indicar, habrá ganadores y perdedores. Los opositores y críticos dirán que los ganadores serán los mexicanos y el equilibrio político, pues desde el principio consideraron que ese proyecto tenía como único fin destruir la democracia, al debilitar al INE y convertir a Morena en un partido único de Estado. Y aseguraron que los argumentos presidenciales de empoderar a la ciudadanía y reducir el costo de las elecciones son meros artilugios.
PT y Verde se sentirán ganadores, pues se habrán impuesto a la titular del Ejecutivo al no permitir que pasaran, fundamentalmente, dos cosas que les duelen: el tijeretazo a sus recursos y perder la facultad de las cúpulas de imponer a sus candidatos en las listas de pluris.
Pero si esa reforma fracasa habrá notoriamente perdedores, empezando por Sheinbaum, aunque alegue que saldrá victoriosa por haberle cumplido a la gente. Sin embargo, a la postre, ¿quién perdería más, Sheinbaum o los partidos aliados?
Queda claro que la presidenta y Morena han necesitado al PT y al Verde para hacer transitar sus reformas, tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. Sin los 111 votos que representan los verdes y los rojos en San Lázaro, y los 20 en el Senado, sacar adelante reformas polémicas sería un milagro, incluso con el as bajo la manga de las carpetas de investigación de la FGR.
En la Cámara alta, por ejemplo, además de convencer a algunos verdes alineados, tendrían que sumar a su causa a los naranjas –algo nada improbable– y granjearse al “independiente” Manlio Fabio Beltrones o a su suplente, y así poder soñar con una mayoría, incluso sin los aliados.
Monreal y Mier, los coordinadores morenistas en el Congreso, insisten en que, aun si en esta aventura no van juntos, será solo una pausa, y la alianza legislativa y electoral perdurará. Difícil creerles. Imaginemos que se equivocan y sí se da una ruptura total de la ‘4T’ a raíz de este desaguisado. De cara a los comicios de 2027, y más aún en 2030, para el morenismo y la mandataria sería una importante merma no contar ya con la fuerza que ha ganado el Verde en San Luis Potosí, Quintana Roo y Chiapas, o con el empuje del PT en Coahuila.
Pero lo que no puede permitirse la presidenta es verse como rehén de chantajes de partidos que se dicen aliados y que “han sacado el cobre” y se han visto –como diría AMLO– como “ambiciosos vulgares”.
Independientemente de si, a final de cuentas, dieran su brazo a torcer, el oso que le hicieron pasar a Sheinbaum desde el pasado lunes, cuando no pudo enviar la iniciativa como había prometido por estar con jaloneos de última hora que se prolongaron todavía hasta la noche del martes, ¿no merece reconsiderar seriamente la alianza con esos partidos?
¿Acaso esta coyuntura no debería ser aprovechada por la mandataria para comenzar a deshacerse del Verde? Se trata de un partido que, más allá de no compartir ideología con Sheinbaum –porque ni ideología tiene–, es acomodaticio, impúdico y con personajes impresentables como el nepobaby Jorge Emilio González, El Niño Verde, o Arturo Escobar, el de las maletas con efectivo, o Ricardo Gallardo, góber de San Luis Potosí que quiere imponer a su esposa como sucesora.
¿Y si también se desligara del PT y se quitara el lastre en imagen que representa el cacique Alberto Anaya y su descarado negocio de los Cendis? Después de todo es un partido cuyos orígenes –cuenta la leyenda– habrían sido auspiciados por Raúl Salinas, y que lo mismo se ha aliado con Morena que con el PRI a nivel local.
A ver cuántos votos por sí solos conseguirían a nivel nacional, ya como exaliados. Porque eso sí, ahí aplicaría la máxima del obradorismo: ‘o estás conmigo o estás en mi contra’, y pasarían de ser aliados a “adversarios”, “conservas”.
Si van solos en 2027 y en 2030, ¿tendrían capacidad de movilización, estructura y acceso a los ‘servidores de la nación’, que llevan los clientelares programas sociales casa por casa, con la consecuente inducción del voto? Claramente no. En ese sentido, tendrían mucho qué perder, pagarían caro su soberbia ante la silla del águila y serían tachados de traidores.
El problema para Sheinbaum es que, antes de pensar en deshacerse de verdes y rojos, herencia del obsceno pragmatismo obradorista, tendría que consolidar su propia estructura de poder, sobre todo en el Legislativo. Fue más que evidente que Adán Augusto, imposición de su “hermano” tabasqueño, nunca fue aliado suyo en el Senado. La lealtad de Ignacio Mier aún está por verse. Y en la Cámara de Diputados, ¿ve realmente Monreal por los intereses de la presidenta o ve solamente por los intereses de Ricardo Monreal?
De Alfonso Ramírez Cuéllar se dice que es su diputado más cercano, su alfil en San Lázaro… ¿Qué ha hecho por la agenda de Sheinbaum? Ni siquiera lo pela la mandataria con sus propuestas de eliminar el fuero.
La presidenta necesitaría un verdadero operador, no nada más un fiel escudero, alguien de todas sus confianzas que saque adelante sus proyectos. La gran pregunta es ¿quién?
Lo cierto es que este sainete de la reforma electoral y el regateo desafiante del Verde y el PT debe dejar lecciones a Sheinbaum. Si no toma las medidas necesarias, la presidenta va a estar capturada entre intereses ajenos de unos y de otros, y la popularidad de la que goza –72 por ciento de aprobación según la encuesta de El Financiero– no le será suficiente para navegar con el rumbo deseado el resto del sexenio.


