Publicado por primera vez en 1977 y reeditado este año por Editorial Fiordo, El país del humo es una muestra más de la capacidad expresiva de la periodista y escritora Sara Gallardo (Buenos Aires, 1931-1988).
Nieta del naturalista Ángel Gallardo, bisnieta de Miguel Cané y tataranieta de Bartolomé Mitre, Gallardo se crio en un ambiente estimulante, base de propulsión para la que luego sería una de las plumas más originales de la literatura argentina.
Si bien Los galgos, los galgos, publicada en 1968, fue su novela consagratoria -la que la hizo conocida por el gran público y con la que ganaría el Premio Municipal-, Gallardo también escribió literatura para niños, y es la autora de las novelas Enero (1958), Pantalones azules (1963), La rosa en el viento (1979) y la enorme Eisejuaz (1971), una audaz indagación tanto en las posibilidades de la expresión escrita como en la voz, sensaciones y singular percepción del mundo de un hombre mataco, habitante del Chaco en los años sesenta. “Empecé a leer el libro con esa inevitable distancia que ponemos frente a lo insólito y casi de inmediato pasé al otro lado, estuve en la trama misma y todavía no he podido salir de ella después de muchas semanas”, le escribió Julio Cortázar en una carta enviada en septiembre de 1975.
Gallardo fue, asimismo, periodista. Figura protagónica de la actualización cultural que vivió la Argentina en los años sesenta, fue colaboradora de las revistas Primera Plana y Confirmado. También escribió, para LA NACION, vibrantes crónicas de viaje y artículos sobre la vida contemporánea.
Esa capacidad de observación, la que sin duda nutría sus textos periodísticos, se luce en novelas como Los galgos, los galgos (entre otras cosas, un vívido retrato de la clase social a la que ella misma pertenecía), confluye, en los cuentos de El país del humo, con una búsqueda estilística más arriesgada (cercana, quizás, al pulso casi experimental de Eisejuaz).
Precisamente, en la contratapa de la primera edición de este libro se podía leer: “Lo fantástico es, aquí, el otro lado de la realidad que no logramos ver: es decir, la realidad misma”. Ubicados en espacios geográficos disímiles, poéticos, agudos y fruto de una curiosidad incansable, los cuentos de El país del humo son los únicos que la autora publicó en vida. A continuación, cuatro de ellos.
De mis hijos prefiero los medianos. Nacieron mientras estaba en Ushuaia. En aquel sitio de frío y sin noticias, porque no sé escribir y mi mujer tampoco. Es lavandera.
Cuando cumplí, volví. Ella se levantó como a pelear. Estaban mis dos primeros hijos y estos dos en el suelo.
Me senté. Ella me sirvió la comida. Después nos miramos.
Después miré a los hijos, uno por uno, los dos primeros y estos dos. Me gustaron.
Lloré y ella también lloró. Habían pasado algunos años y se notaba. Tuvimos otros con el tiempo. Fueron seis. Algo es, seis. Algo, seis hijos.
Siendo como soy inclinado a enojarme, a beber, me abstuve de otro crimen no por el pensamiento de Ushuaia sino por ellos, los medianos. No por lindos, pobre de mí, mulato y feo. No por rubios, varón y mujer, y alegres, y yo triste. No por nada, sino que los prefiero, y ellos a mí.
Por los seis vendo diarios tosiendo en esta calle que odio cada noche hasta la madrugada. Pero si alguien, de paso, me ve sonreír, es por los medianos.
Diego Pérez, de oficio bordador, murió quemado por la Inquisición en Lima. Huyendo de eso había salido de Madrid. En la calle de los bordadores, solo uno se enteró de su partida y fue a despedirlo llorando.
De cómo bordaba dan razón las sedas de la sala de juegos en el pabellón real de Aranjuez. Pálido testimonio, pues de aquella prodigiosa calle nada salió, en los siglos, comparable a sus bordados.
Solo alcanzaba quietud bordando. Llegó a Buenos Aires, no se atrevió a ofrecerse al virrey ni al obispo, trabajó para un talabartero. Pero sus manos no eran para eso. Volaban sobre seda o terciopelo. Dedicó sus horas libres a bordar un manto de la Virgen del Carmen que los ingleses se llevaron en 1806.
¿Tenía mala suerte?
Era candoroso. Es difícil verlo como hereje. Su calvario empezó con una confidencia. Dijo a un colega que, de joven, él bordaba sus telas. Pero que en la actualidad no diferían bordante y bordado, al bordar se bordaba, el bordado lo bordaba y él al bordado. El colega —aquel que llorando lo despidió— pensó en esto. Al fin lo delató por brujería. Le pesó, pues lo admiraba.
En Lima reencontró la acusación. Gritó: ¡Soy inocente! todo el tiempo. Lo quemaron.
Mientras barrían sus cenizas se apareció al Inquisidor, y a su colega, en la calle de bordadores. Lo vieron, luminoso, ondeando, como un pendón, las manos deformes por la aguja, negras por el fuego, echando rayos de luz por los clavos de Cristo. Las cacerías de gamo y las praderas que bordó lo recorrían.
Se esfumó, y sonriendo.
Hablé con Buonarroti desde el primer momento. Con estos ojos que el polvo de mármol enrojece toqué sus obras una a una, allí donde sus manos las tocaron.
Emigrar no es olvidar. El 13 de noviembre de 1901 llegué a Buenos Aires.
En tanto que trabajo, «¿Así piensas? —le digo—, pues yo pienso de este modo».
Soy un artista, no me incumben los credos. Hice figuras de dolor sobre columnas truncas (sepulcros de masones). Ángeles, Dolorosas con la cruz al lado. Las guirnaldas que saqué de la piedra parecen respirar. Todo un pueblo brotó de mis dos manos.
Cada aliento que tomo es para el arte. De él me nutro. Conozco la acidez del jaspe, sé despertar al alabastro.
Ayer dos jóvenes, estudiantes de arte por lo que parecía, se dieron con el codo al pasar por mi puerta.
—De aquí sale —dijo uno— parte de lo que vuelve cómico este cementerio.
El otro rio, con una risa extraordinaria.
Ya no hablaré con Buonarroti. Trabajaré, en silencio.
Flores blancas llovieron sobre Buenos Aires la noche en que nació Juan Arias. Las vieron muchos, las olieron menos. Que fuera porque él nacía, quién pudo saberlo. Ni su madre, que no las vio, aparte de morir en seguida.
Alguien en un departamento solitario las pudo ver bajando por la noche. Se dijo ¿quién nace? o ¿quién muere? Nada más.
Ya está dicho, nació Juan Arias. De su vida poco puede agregarse. Rico, hubiera hecho papel de caballero. Pero fue pobre. Era considerado un tonto, aunque de gran belleza.
En la vejez le dieron el trabajo que juzgó más apropiado a su persona: ubicar autos en la Diagonal. Lo hacía con cuidado, como todo.
Murió allí, una noche. Suavemente, a pesar de la lluvia.

