Cuenta la leyenda, con la resonancia que sólo tienen las antiguas palabras, que un buen día, Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra, se apareció a su pueblo, habló con voz de grave maravilla y les indicó iniciar una peregrinación rumbo a una tierra donde todo prometía. Ahí hallarían un portento flotando sobre el agua que les demostraría que estaban en el lugar indicado para construir una ciudad. Así lo hicieron. Dejaron la tierra de Aztlán (que significa "Lugar de garzas" o "Lugar de la blancura") y emprendieron camino.
Tardaron más de ciento cincuenta y siete años oteando en el cielo, escudriñando la tierra y descifrando el vuelo de las aves, sin perder nunca el paso. Un buen día notaron que el Sol era cada vez más rojo, las estrellas estaban más crecidas y sospecharon que el momento había llegado. Así fue.
Nomás llegando al gran Valle, sobre un islote del lago de Texcoco, un águila posada sobre un nopal devorando a una serpiente. Era la señal. La fecha, según el calendario occidental y gregoriano, fue el 13 de marzo del año 1325, y en la partida de nacimiento de la Gran Tenochtitlan –la abuela más honorable de nuestra ciudad– así quedaría consignado. (A pesar de los que deciden cambiar los años y los días).
Alfonso Caso, uno de nuestros más sabios estudiosos, escribió sobre aquel glorioso día que: "los aztecas arribaron al Lago de la Luna, donde en el centro había una isla cuyo nombre sería México, por Metztli, que significaba luna; xictli, que quería decir ombligo, y co, que indicaba lugar”. Y así, con tal evidencia etimológica, nos explicó el origen, nos regaló una fecha de cumpleaños y logró, además, que nosotros, chilangos, pudiéramos presumir que vivimos en el mismísimo ombligo de la Luna.
Han pasado 701 años desde la fundación, del avistamiento de aquella serpiente voraz y ya nos dimos cuenta de que McLuhan tuvo razón cuando dijo que la mano que escribe una página también construye una ciudad. Porque desde hace mucho cedimos la ciencia del arquitecto a los cronistas y poetas y ya sabemos que las palabras, mejor que los ladrillos, han creado paredes, murallas, templos, casas, avenidas y jardines.
Gracias a la lectura sabemos cómo es nuestra ciudad, lo que ha provocado en propios y extraños y coleccionando grandes libros de fantásticos autores, desde los que rinden solemne homenaje a la leyenda hasta los que la satirizan provocando carcajadas. (Nadie como Carlos Monsiváis, cuando en su libro A ustedes les consta escribe: “Y llegaron los aztecas que venían de Aztlán al lago de Tenochtitlan, y aguardaron los signos de la profecía, y allí junto al nopal y el águila y la serpiente, ya los esperaba una muchedumbre de reporteros y cronistas”).
No faltan los conquistadores que debían escribir Cartas de Indias como reporte, ya fueran soldados transfigurados en escritores, frailes preocupados por enseñarnos las verdades de su Dios extranjero o escribanos de profesión que se dedicaron a observar, consignar y traducir lo que vieron empuñando la pluma. Españoles, criollos, indígenas y mestizos fabricaron nuevos géneros literarios, inventaron nuestras primeras historias y nos llamaron el Nuevo Mundo.
Extranjeros como Humboldt y Madame Calderón de la Barca gastaron kilos de papel y litros de tinta reseñando nuestro esplendor azteca y renombrando objetos, costumbres y festividades que nunca antes habían visto. Mucho tiempo se fue y muchas páginas se han publicado describiendo las calles y las historias de Tenochtitlan, la Ciudad de los Palacios o la Ciudad de México. Sin embargo, casi ninguna festeja su cumpleaños. Ni siquiera Carlos Fuentes.
Fue en un mes de marzo como éste, pero de 1958, cuando Fuentes publicó su primera novela, La región más transparente, obra definitiva de la literatura mexicana que, según lectores especializados, certifica el devenir de nuestra ciudad, los personajes que la componen y el tránsito de la épica revolucionaria a la novela contemporánea, cambiando la historia a caballo por la historia que se mueve en automóvil. Una obra nacida cuando la ciudad de México resultó otra vez una esperanza de progreso. Pero de la fiesta, nada.
El límite de la ciudad no la mide la distancia sino el tiempo y todavía podemos corregir, lector querido. Pasado mañana, en el cumpleaños de la ciudad que nos habita y habitamos, hay que decidir cuidarla, conservarla y festejarla. Ya lo dice el dicho: apróntese, porque de marzo a la mitad la golondrina llega y todo se va.


