Fin de semana en el balneario municipal en Costanera Sur. Buenos Aires, 1950Fin de semana en el balneario municipal en Costanera Sur. Buenos Aires, 1950

¿Quién nos devolverá el río?

2026/03/11 11:06
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Cada verano que termina recuerda la paradoja porteña: húmeda y calurosa, la ciudad se cocina a fuego lento en el hormigón dándole la espalda al río “más ancho del mundo”. Es otra oportunidad perdida de recuperar a pleno un privilegio que no todos tienen y al que Buenos Aires renunció voluntariamente.

Es también la temporada de las muertes evitables de los que se aventuran en las aguas color marrón porque se niegan a aceptar la realidad de una costa contaminada, desaprovechada, sin balnearios ni guardavidas.

En la otra orilla, con su extensa rambla y sus playas, Montevideo vuelve a enrostrarnos el paisaje alternativo, lo que Buenos Aires podría haber sido si a principios del siglo pasado no hubiese empezado ese afán por expandir la Capital hacia la ribera barrosa y no hacia el interior de la provincia. “Ganarle tierra al río” se convirtió en una absurda obsesión en un país de grandes extensiones desiertas y población escasa.

Las aguas fueron quedando bajo rellenos hechos con tierra excavada de obras públicas y escombros de demoliciones derivadas del ensanchamiento de la avenida 9 de julio en los años 30 o de la construcción de las autopistas en los 70. Los nuevos puertos, el aeroparque, los grandes espacios privados, la espontánea reserva natural de la costanera sur y la extensión del tejido urbano hicieron el resto. El río quedó allá lejos.

El retroceso fue posible también por la indiferencia de los porteños ante el estrago del medio ambiente, que permitió la contaminación masiva primero y la falta de voluntad política después para encarar las obras que permitirían remediar el desastre.

Todavía conservo brumosos recuerdos de cuando la ciudad aún no había cortado sus lazos con el río definitivamente, poco antes de la prohibición del baño, que llegó de un día para el otro en 1975. Reminiscencias de las playitas de Olivos, la que estaba pegada al puerto, y Vicente López, como “El Ancla”, populosas y dignas, muy alejadas de la triste postal costera actual de cascotes, acumulación de basura y peces atragantados con plástico. En balnearios de Nuñez, Costanera Norte y Costanera Sur la escena se repetía.

También recuerdo algunos veranos en el Delta donde nos zambullíamos en el río Luján con amigos o salíamos con el bote gomón hasta su desembocadura en el Río de la Plata. Teníamos nuestro mar dulce y era fantástico.

En los últimos años hay tibios intentos desde el Estado de recomponer la relación de porteños y bonaerenses con el “gran río color de león” que idealizaron Leopoldo Lugones y Jorge Luis Borges, entre tantos, y que de poético hoy no tiene nada. Iniciativas como Buenos Aires Playa, en el Parque de los Niños; la remediación de tramos de la costa en las zonas norte y sur, la inauguración de nuevas obras en el Parque del Río, en Avellaneda, y el lanzamiento del plan BA Costa apuntan en esa dirección.

Por ahora es solo para integrar y recuperar áreas de recreación perdidas. Por un buen tiempo, seguirá siendo el río que se mira y no se toca. Limpiar las aguas y volver a hacerlas aptas para el baño es una empresa que todavía se ve titánica e improbable.

También desde el ámbito privado hay iniciativas valiosas como la de la ONG “Yo Río”, que impulsa la recuperación de ríos y arroyos mediante un esquema de voluntariado y apoyo de empresas con compromiso ecológico, y que ha logrado resultados asombrosos bien documentados en plataformas digitales y redes sociales.

Hay emprendimientos similares en otras ciudades como Rosario, como “Más río, menos basura” y “Eco Río”, que buscan limpiar la orilla del Paraná, y Córdoba, con “Río sustentable”. No son soluciones estructurales pero aportan a la conciencia ambiental colectiva porque si alguien puede devolvernos ese río del que disfrutaban los porteños del pasado somos nosotros mismos. Por algo se empieza.

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