Antonio Rosl y una emblemática cinta de capitán con los colores del CiclónAntonio Rosl y una emblemática cinta de capitán con los colores del Ciclón

Antonio Rosl, el gallego de Los Matadores: “Había gente de otros equipos que iba a ver a San Lorenzo”

2026/03/10 22:54
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La frase que indica que “todo tiempo pasado fue mejor” es, como toda generalización, imperfecta, parcial e injusta. Pero en algunos casos resulta muy sencillo comprobar que responde a la más absoluta realidad. Basta, por ejemplo, con girar la vista hacia Boedo. La sucesión interminable de conflictos -institucionales y en menor medida, también deportivos- que atraviesa San Lorenzo pierde por escandalosa goleada con gloriosas etapas de décadas pasadas. Todo conocedor de la historia del fútbol argentino puede recitar de memoria equipos y cracks inolvidables, jugadores que quedaron en la retina de los degustadores del buen juego, más allá de ser hincha de cualquier otro club.

Hoy la actualidad muestra otra cara, otro juego. El problema no es para nada exclusivo de la entidad azulgrana, la padece buena parte del fútbol argentino, pero en los últimos años se ha agudizado de manera especial en alguna de ellas. “Yo a San Lorenzo lo veo mal, muy mal. Por suerte, a mí me tocaron otros tiempos, en los que se jugaba al fútbol. Hoy la gente mayor dice: ‘Che, con los equipos que tuvimos y mirá esto’, pero ahora uno sabe con lo que se va a encontrar, y también que seguirá siendo así, porque sale un pibe que vale la pena y se va a los 18 años”.

La reflexión no le pertenece a un hincha veterano sino a un protagonista, a una de esas glorias que contribuyó a construir la grandeza de los Cuervos. Es de Antonio Rosl, el Gallego de apellido alemán que fue dueño de la camiseta azulgrana con el número 3 entre 1968 y 1973; el que cubría el ala izquierda de la defensa de Los Matadores y lucía el brazalete de capitán en el equipo bicampeón del 72; el que guarda en su casa un trozo de tablón del viejo Gasómetro; la cara seria, constante y responsable de una etapa que ha resultado insuperable. “Hay cosas que a uno le molestan mucho. Nosotros llevamos al club allá arriba, con los Matadores, con los bicampeones de 1972, y hoy aparece un presidente que se mete 25 mil dólares en el bolsillo; o dejan morir solo en una pensión a un prócer como fue Enrique Chazarreta. Son cosas que me dan bronca y vergüenza. Lo dije públicamente en un homenaje que nos hicieron al plantel del 72”, dice el Gallego, y el disgusto se le dibuja en un rostro que desmiente al DNI (cumplirá 82 años en marzo).

Antonio Rosl y los recuerdos, en una pared de su hogar

La Plata, la ciudad y la avenida

Hay destinos que parecen marcados por duendes traviesos. Rosl -quien le debe el apodo a su madre, natural del pueblo de Vilarmeán, en Lugo, y a un viaje familiar de la niñez del que regresó hablando con algunos términos y giros gallegos- nació y residió toda su vida en La Plata. Su padre fue el dueño de un almacén de venta al por mayor y menor en pleno centro de la capital bonaerense –“Ahí se hacía el mejor café de la ciudad. Venía crudo directo desde Brasil y acá lo tostaban con leña y fuego”, recuerda-, y Gimnasia, donde también es ídolo, el club donde se formó como futbolista y debutó en Primera: “Fue en 1963 y jugando de 5, porque se había lesionado Daniel Bayo. Recién después pasé a ser marcador de punta”.

Cinco años más tarde, el duende tocaría las teclas precisas, y la carrera de Rosl continuó y se consagró en una entidad porteña cuya sede, y por entonces también su estadio, se ubica en la Avenida La Plata de Buenos Aires. Que lo hiciera justo en 1968, cuando iba a darse uno de esos milagros futbolísticos que perduran eternamente ya fue obra de la suerte, o de la casualidad. Los Matadores, dirigidos por el brasileño Elba de Padua Lima, Tim, fueron campeones invictos del Metropolitano de aquel año, ganaron su zona con 12 puntos de ventaja en 22 fechas (las victorias daban 2 puntos, no 3), y estiraron la imbatibilidad hasta 24 partidos al vencer por 3-1 a River en semifinales y 2-1 en el alargue a Estudiantes en la final.

Antonio Rosl enseña una carpeta con recortes de su época de futbolista

-No sé si se armó de casualidad, porque la base ya estaba y ese año solo nos sumamos cuatro jugadores. Llegó (Victorio) Cocco, que venía de Unión de Santa Fe; el uruguayo (Sergio) Villar, el mejor marcador de punta derecha que vi en mi vida; el Toti (Carlos) Veglio, del Deportivo Español, y yo. Los Matadores fue un equipazo glorioso, formado por jugadores de fútbol de cuando se jugaba al fútbol. Buticce; Villar, Calics, Albrecht -un fenómeno- y yo; Rendo, Telch -otro crack- y Cocco; Pedro González, Veglio y Fischer. Y no pudo jugar Doval porque estaba suspendido. Había gente de otros equipos que iba a ver a San Lorenzo porque le gustaba vernos jugar. Lo que era cuando Villar y Rendo llevaban la pelota desde el fondo nuestro hasta mitad de cancha, uno de taquito, otro de cabeza, una cosa de locos. ¿Sabés? Yo les cambié la forma de cobrar los premios a los Matadores.

-¿Cómo fue eso?

-Primer partido del campeonato. Cancha de Atlanta, ganamos 5 a 1. Nos daban 60.000 pesos por partido ganado y 2.500 por gol de diferencia, así que teníamos que cobrar 70.000 pesos. Yo no sabía nada de cómo era la cosa. Nos estamos cambiando y en un momento veo que están pagando y salto: “Pero ¿qué están haciendo?”, pregunto. Me dicen que ahí se pagaba después de los partidos. Estaban todos los periodistas adentro del vestuario, gente que no conocía, salíamos mojados de la ducha… “Ustedes están locos, ¿cómo van a pagar acá?”. Desde ese día empezamos a cobrar los martes después del primer entrenamiento. Nos bañábamos, pasábamos por la utilería, y nos íbamos a casa con la plata en el bolsillo.

-¿Qué partidos de Los Matadores tenés grabados en la memoria?

-Te digo dos. El último de la primera fase, que era el interzonal contra Huracán en Boedo. Perdíamos 2 a 0 y lo remontamos. Si nos sacaban el invicto nos iban a gozar como locos. Y después, la final con Estudiantes. Jugamos todos bien ese día. Ellos venían de ser campeones de América y cuando nos cruzamos para jugar el alargue, Cachito Malbernat, que era un gran amigo, ya me felicitó y me dijo: “No damos más, no podemos levantar las patas”. Ahí les hicimos el segundo gol. Cuando terminó nos aplaudieron, se portaron muy bien.

-¿Estudiantes era el rival más fuerte en esos años?

-Era uno de los difíciles, un equipo de Osvaldo Zubeldía, que es palabra mayor. Estaban bien parados y tenían muy buenos jugadores: Manera, Madero, Pachamé, que en el medio metía como loco, el Bocha Flores, y ni hablar de la Bruja Verón. Decían que te tiraban tierra y cosas así, a nosotros jamás nos tiraron nada. Pero también estaba el Racing de José, que a mí me tocó enfrentarlo estando en Gimnasia. Estuvimos a un minuto de quitarles el invicto nueve fechas antes de que perdieran con River. Les estábamos ganando 2 a 1 en Avellaneda, iban 46 del segundo tiempo, viene un centro pasado, yo me doy vuelta y veo cómo la agarra Martinoli de volea, le pega medio pifiado, pero entra en el segundo palo. Estaban Independiente, Boca, que siempre era peligroso, sobre todo en la Bombonera. Cuando íbamos con Gimnasia sabíamos que para ganar había que hacer dos goles porque siempre nos cobraban un penal en contra. Boca nos sacó el invicto a Los Matadores en la primera fecha del Nacional 68, 1 a 0 con gol de Nicolau. Y en el 72, cuando les ganamos la final del Nacional, River también tenía un gran equipo, con Jota Jota López, Alonso, Morete, Pinino Mas.

Antonio Rosl, emblema de Los Matadores, el inolvidable equipo de San Lorenzo

El Toto Lorenzo, un genio complicado

La etapa dorada del club de Boedo, que se había iniciado de modo fugaz en 1964, aunque sin siquiera pelear un título, con los cuatro “carasucias” (Héctor Veira, Narciso Doval, Fernando Areán y Victorio Casa), se prolongó durante una década, cuando el equipo dirigido por Osvaldo Zubeldía se quedó con el Nacional 74.

Pero en el interín, y poco después de Los Matadores, la repatriación de Juan Carlos Lorenzo logró otro hito: convertir a los azulgranas en el primer bicampeón del fútbol argentino, al ganar el Metropolitano y el Nacional de 1972. Siempre polémico y con un amplio bagaje de experiencia, en el país y en Europa (ya había sido técnico de la selección argentina en los Mundiales de Chile e Inglaterra, y dirigido a Lazio y Roma en Italia), ensambló un conjunto que fue casi la contracara del que asombró y entusiasmó en el 68. Tal es así, que a nadie se le ocurrió nunca adjudicarle un apodo.

-¡Es verdad! Nunca me había puesto a pensar en eso. San Lorenzo tiene a los Carasucias, a los Matadores, a los Camboyanos, pero ese equipo solo es el bicampeón, y no le encuentro ninguna explicación, porque consiguió algo que hasta ese momento no había logrado nadie.

Una cena homenaje a los bicampeones de 1972

-Quizás porque no le llenaba los ojos a la gente.

-No, para nada, tenía mucho más trabajo táctico, el Loco [Rosl prefiere este apodo antes que el más conocido de Toto para referirse a Lorenzo] venía del catenaccio italiano y acá pudo introducirlo a medias, porque nosotros teníamos gente con una técnica bárbara, como Cacho Heredia, que salía jugando desde atrás con una elegancia tremenda, Telch, el Ratón Ayala o Cocco. Pero sí es cierto que éramos menos vistosos y más prácticos que Los Matadores: teníamos dos peones para marcar en el medio, el León Espósito y Chazarreta, agarrábamos la pelota y pum, para Ayala o el Gringo Scotta, que arriba te mataban. Y eso sí, el primer tiro libre a favor el Gringo lo tiraba para que le dé a alguno de la barrera, porque después ya no se quería poner nadie más.

-¿Con Lorenzo ya se conocían del año 66, no?

-Sí (tuerce el gesto), y fue una muy mala experiencia.

Rosl, con la camiseta de San Lorenzo, en la marca del Mencho Balbuena, en un partido por el Metro 1972

-¿Qué pasó?

-Yo estaba en Gimnasia y me convoca para la selección que iba a ir al Mundial de Inglaterra. Un día entrenábamos en cancha de Racing. Desde La Plata siempre íbamos juntos Cacho Malbernat, la Bruja Verón y yo, que era el único de los tres que tenía coche. Cuando estábamos cerca de Avellaneda, pinchamos una goma y llegamos tarde. Lorenzo nos dice que esperemos para jugar el siguiente partido. Yo me quedo en la boca del túnel y veo entrar a Valentín Suárez, que era interventor en la AFA, y se pone a conversar con Lorenzo. Suárez empieza a preguntarle a quién va a llevar en un puesto, en otro, hasta que llega al marcador de punta izquierdo. El titular era sin duda Silvio Marzolini, pero había que definir el suplente. “Al Gallego Rosl”, le dice Lorenzo; Suárez le contesta: “¿Cómo que a Rosl? Vos tenés que llevar a Nelson López, yo lo tengo que vender”, y el Loco le insiste que me tiene que llevar a mí porque me considera mejor. Lo escuché yo, no me lo contó nadie, eh.

-Claro, Nelson López era jugador de Banfield, el club de Valentín Suárez. ¿Y cómo terminó todo?

-Lorenzo me volteó a mí y lo llevó a López. Una vergüenza. Procedió como no debe proceder la gente. Uno tiene que mantener sus valores bien alto y el Loco no lo hizo.

-La siguiente pregunta es obvia, ¿cómo fue el reencuentro en el 72?

-Él vino a saludarme como si nada hubiera pasado, con un “hola, pibe”, y ahí nomás lo frené: “¿Cómo hola, pibe? A usted se le tiene que caer la cara de vergüenza ¿O ya se olvidó? Porque yo no me olvido más de lo que me hizo, usted me hizo perder un Mundial, porque vino Suárez a meterle a Nelson López. Yo caminé siempre por la misma vereda; usted, no”.

-Suena fuerte como comienzo de una relación técnico-jugador.

-Pero yo siempre fui así, de decir las cosas de frente a quien sea, compañero, técnico o dirigente. Tim, el entrenador de Los Matadores, hacía venir a la mujer y la hija en micro desde Brasil. Una vez lo agarré y le dije que era una barbaridad, que tenía que pagarles el avión. Lo hizo, y después la mujer y la hija me adoraban. Creo que también por esas cosas me gané el respeto de la gente del fútbol. Me da mucha bronca ver que los jugadores hoy aceptan todo sin quejarse. Juegan con 35 grados de calor a las 5 de la tarde. No, señor. Deberían poner las cosas en su lugar y decir que antes de las 7 no juegan.

Juan Carlos Lorenzo, el recordado DT de San Lorenzo, Boca, la selección argentina y varios clubes de Europa

-Me gustaría saber cómo siguió el trato con Lorenzo.

-Él quería congraciarse conmigo. Me llamaba “puente roto”, porque decía que en la cancha no me pasaba nadie. Yo lo frenaba: “A mí dígame Gallego o como quiera, nada de puente roto”. El Loco era un tipo difícil por la forma que tenía de decir las cosas, con gestos y gritos, a nosotros no nos gustaba. Pero por otro lado no podíamos menospreciar la capacidad que tenía para ver el fútbol. Hay que separar las cosas. Como técnico laburaba muy bien, sabía mucho de táctica y hasta de preparación física. Los resultados que tuvo en su carrera lo dejan bien claro.

-Después de aquella decepción de no ir al Mundial 66 ya tuviste menos chances de jugar en la selección.

-Bueno, fui varias veces. La primera, cuando me llevó Pepe Minella en el año 63. Hay que tener en cuenta que en mi puesto jugaba Marzolini, que fue declarado el mejor 3 del Mundial de Inglaterra. Después jugué un partido en el Sudamericano del 67 en Montevideo, y fui titular en el amistoso que le ganamos a Alemania en Múnich, en el 73 [3 a 2, con goles de Ghiso, Alonso de tiro libre y Brindisi de penal; Alemania sería campeón del mundo un año más tarde]. Aquel viaje fue inolvidable para mí.

-¿Por el triunfo?

-No, no. Resulta que mi hermana mayor se escribía con una prima de allá, y cuando le contó que yo iba a Múnich, mis parientes alemanes se volvieron locos. Ellos eran de Regensburg, a 130 kilómetros, pero alquilaron una pensión en Múnich y se pasaron los tres días que estuve ahí en la puerta del hotel. Al principio, solo entraban si me veían, hasta que pude hacerles entender que entraran igual, porque yo podía estar tirado en la cama sin hacer nada. En el estadio, después del partido, me estaban esperando a la salida del vestuario. Cuando me vieron, se pusieron a saltar y abrazarme. Pensé que los alemanes los iban a matar, jajaja. Así que tuve la suerte de conocer a un tío, un primo, y dos o tres primas en ese viaje.

Fútbol, pero lejos de los grandes focos

En 1974, Antonio Rosl volvería a su primer hogar. Gimnasia lo recibió como a un hijo pródigo y en el bosque platense completó otras tres temporadas de actividad para cerrar una trayectoria de 451 partidos disputados en Primera División. Comenzaría entonces la vida al otro lado de la raya de cal. Siempre pegado al fútbol, pero no necesariamente iluminado por las luces de neón de los grandes equipos. Salvo una breve experiencia en el Lobo en 1983, la carrera como técnico del gallego de apellido germano estuvo ligada a clubes pequeños de ligas regionales y, más tarde, a instituciones de amateurs, centrado más en la enseñanza que en los títulos.

-En 1984 me llamaron de Dolores para dirigir al Ever Ready de la liga local. Ahí encontré un nivel muy bajo y empecé a aplicar mucho de lo que aprendí con Zubeldía. Trabajé en técnica individual, les enseñé cómo ubicarse en la cancha, jugadas de pelota parada… Llegamos punteros e invictos a la última fecha, con un punto de ventaja sobre el segundo. Nos enfrentamos en el último partido, nos pusimos 1-0 a los 10 minutos y acabamos perdiendo 2 a 1. Me dio una bronca… Pero después tuve revancha, porque fuimos campeones en el 85 y el 86. Ahí le dije al presidente del club que si llevaba tres o cuatro jugadores podíamos entrar en el Regional; no quiso, y me fui a Independiente, el rival clásico, y quedé subcampeón. Hoy sigo teniendo una amistad bárbara con toda la gente de Dolores.

-También tuvo una experiencia en Neuquén, ¿no?

-Sí, fue en el medio de mi trabajo en Ever Ready. Vinieron a buscarme para dirigir al Independiente de allá en un triangular que definía el representante local para el Regional que clasificaba al campeonato Nacional. No llegamos porque nos robaron, nos ganaron de guapos, pero igual me ofrecieron seguir. Averigüé, me contaron que en invierno se entrenaban de noche, pensé en el frío y dije que no.

Antonio Rosl y una camiseta de homenaje a los Matadores de 1968

-¿Y cuando se terminó lo de Dolores?

-En 1990 entré a trabajar en la Escuela de Cadetes del Servicio Penitenciario Bonaerense, que es donde se estudia para ser oficial de ese servicio. Trabajé 35 años ahí, la cancha lleva mi nombre; otros 15 en el Instituto de menores de Abasto, y hasta un mes en el de máxima seguridad de menores Almafuerte. Siempre enseñándoles a jugar al fútbol a los pibes.

-En todo ese tiempo, ¿no pensaste en volver a trabajar a nivel profesional o no tuviste oportunidades?

-Mirá, hace como 20 años que dejé de ir a la cancha. Me reemplaza mi nieta, que es del Lobo y va con una camiseta que atrás dice Gallego Rosl.

-¿Por qué no vas más?

-Porque a mí me gusta ver fútbol, y hoy son muy pocos los equipos que en Argentina tienen jugadores de nivel como para jugar bien al fútbol.

-Quizás porque los muy buenos están en el exterior.

-Sí, claro, ese es un motivo. Sale un pibe que vale y a los 18 años ya se lo llevan. Pero también pasa que ahora salen a lastimar al contrario tirándose con los dos pies para adelante. Me asusta mirándolo por la tele. Yo jugaba fuerte, pero no lastimé nunca a nadie. Me acuerdo cuando me tocaba marcar a Luis Cubilla, el uruguayo de River, que era bravísimo. Empezaba el partido, yo le decía “Negro, fuerte, ¿eh?”; él me contestaba “Sí, como siempre”, y nunca nos pegamos mal. La presión estuvo siempre, pero creo que ahora hay más locura y menos técnica.

Entrevista  a Antonio Rosl ex jugador y gloria de San Lorenzo y Gimnasia y Esgrima La Plata.

-¿Y a qué lo adjudica?

-Me parece que no hay gente capacitada en inferiores y también falta que los chicos se preocupen por mejorar. Yo, a los 14 años, en novena división, ya era un profesional. Los sábados estaba en la cama a las nueve y media de la noche porque los domingos me tenía que levantar a las seis de la mañana para ir a jugar. Y en los entrenamientos, me quedaba hasta que se hacía de noche en el frontón de la cancha chica de Gimnasia pegándole con las dos piernas. Así, siendo derecho, cuando estaba en sexta ya llegaba al fondo y tiraba el centro con la izquierda. Ahora ves a jugadores en la selección argentina que tienen que enganchar para pegarle con la pierna hábil. Eso indica que no laburaron bien en inferiores.

Palabra de Antonio Rosl, la cara seria, constante y cumplidora de una etapa muy diferente a la actual en San Lorenzo, un período que los viejos hinchas azulgranas no dejan de añorar.

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