Mientras Francisco intentaba limpiar las cuentas del Vaticano, una red de intereses económicos y políticos se movía en las sombras para frenar los cambios. Mientras Francisco intentaba limpiar las cuentas del Vaticano, una red de intereses económicos y políticos se movía en las sombras para frenar los cambios.

Epstein, Bannon y el Vaticano: la trama que hubo detrás del intento de derribar al Papa Francisco

2026/03/13 16:57
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Recientemente en los documentos desclasificados por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos llamó la atención mundial la correspondencia entre Jeffrey Epstein y Steve Bannon en la que compartían su preocupación por la intervención del Papa Francisco en la banca vaticana.

No se trataba de una preocupación religiosa , sino el interés de que ese banco siga siendo opaco y permita la circulación de cuentas de elite evadiendo controles sobre transferencias de dinero y salteando los radares de la Unión Europea. 

Los archivos indican que Epstein mantenía un interés constante en las finanzas de la Santa Sede y estaba particularmente intrigado por los motivos de la renuncia de Benedicto XVI en 2013 , vinculándolo a escándalos de corrupción, soborno y chantajes en el banco.

En ese contexto Bannon envio a Epstein articulos sobre la condena al Vaticano por su presunto nacionalismo populista.  Epstein respondió con desdén hacia el Papa, llegando a citar a John Milton (El Paraíso Perdido): “Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo”.

Luego de la intervención de la banca vaticana llevada adelante por el Papa Francisco y el cardenal George Pell que terminó cerrando en los primeros dos años 4500 cuentas opacas, Bannon le propuso a Epstein en junio de 2019 ser el productor ejecutivo de un documental basado en el libro Sodoma (sobre la homosexualidad y el poder en el Vaticano) con el objetivo explícito de “derribar a Francisco” (take down Francis).

Bannon buscaba usar la influencia y los fondos de Epstein para financiar organizaciones católicas conservadoras que pudieran debilitar la agenda progresista y globalista del Papa Francisco, la cual Bannon consideraba un obstáculo para su movimiento ultraderechista. Aunque en el fondo, tanto Bannon como Epstein estaban furiosos con las auditorias externas y la reforma radical que el Papa Francisco llevaba adelante en el Vaticano porque les cerraba el grifo a operaciones de lavado de activos disfrazados de inocentes donaciones.

Reproducimos uno de los 30 capitulos del libro “La Amistad no se negocia” (Correspondencia inédita del Papa Francisco con un militante de las periferias) que trata especficamente sobre esa reforma financiera que tanto preocupaba a Epstein y Bannon y cuenta la increíble campaña mundial de difamación y calumnias al Cardenal George Pell que fue el arquitecto de la reforma financiera. 

Reforma económica en el Vaticano sin códigos de Omertà

Desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco denunció la corrupción con fuerza en numerosas homilías. Una y otra vez, estableció una diferencia fundamental entre pecadores y corruptos. Decía que “todos somos pecadores”, pero el pecador reconoce su fragilidad, puede arrepentirse, pedir perdón y abrirse a la gracia de Dios. El corrupto, en cambio, justifica su mal y lo naturaliza. No se arrepiente, no siente culpa y hasta puede burlarse del bien. Transforma el pecado en sistema, lo institucionaliza y se aprovecha de los demás, pervirtiendo las estructuras.

Francisco no tenía códigos de Omertà. Denunció la corrupción en el mundo, pero comenzó por casa: el Vaticano. No hubo silencios cómplices ni protección a estructuras internas. El combate a la corrupción incluyó una de las reformas económicas más profundas en la historia de la Santa Sede.

Luego de un intercambio de cartas y llamados, la primera vez que lo vi en Santa Marta fue el 28 de junio de 2013, pocos días antes de que se iniciara formalmente la reforma de la cuestionada banca vaticana. Cuando le pregunté cómo estaba, me respondió con su característico humor:

—Bien, mientras no me tome un tecito…

Hablamos de muchos temas, y le expresé mi preocupación por las reacciones mafiosas internas y externas que podían surgir cuando, al mes siguiente, interviniera la banca vaticana. Entonces le pregunté:

-Sos consciente de los peligros que vas a enfrentar cuando intervengas la banca vaticana?

—¿Vos escuchaste mi homilía sobre corruptos y pecadores?- me repregunto.

—Claro —respondí.

—Bueno —dijo con uno de sus habituales chistes para explicar lo difícil—:

“Resulta que un corrupto va al infierno y el tipo va muy contento, creyendo que se va a encontrar con males con los que estaba familiarizado. Pero cuando llega, ve todo nuboso y gente con sotana caminando cabizbaja de un lado a otro. Sigue caminando y encuentra el mismo paisaje. Preocupado, regresa al punto de partida y va a verlo al Diablo:

—Escuche, Diablo, a mí me mandaron al infierno.

—Estás en el infierno, hijo mío —responde el Diablo.

—No entiendo… ¿y dónde está la joda?

—Ah, ¿no te explicaron? Aquí vienen los corruptos, no los pecadores“.

El chiste no era solo un desahogo: era el preludio de lo que se venía. Poco después, el Papa Francisco puso al frente de la reforma económica al Cardenal George Pell.

En octubre de ese mismo año, Francisco me escribió:

“Los dolores son de parto. El desafío es que ayudemos a parir al hombre nuevo… ha comenzado el tramo más peligroso de mi gestión” (21.10.13).

Y meses más tarde, hablando de nuestras luchas contra las mafias en Argentina, Francisco me escribió respondiendo a mi carta, pero también relacionando con lo que pasaba alla, lo siguiente:

“Me gusta eso de romper el Código de Omertà. Lo que pasa es que muchos callan o porque están en algún negocio o porque tienen cola de paja” (17.03.14).

Pell y la reforma económica

El Cardenal Pell asumió como prefecto de la Secretaría de Economía del Vaticano entre mediados de 2013 y 2017. Hasta entonces, las finanzas vaticanas estaban descentralizadas, sin controles eficaces, con cuentas en la sombra y una tradición de secretismo.

Pell introdujo reglas contables internacionales, auditorías externas e impuso que todas las oficinas vaticanas presentaran presupuestos y balances anuales. Fue el primero en publicar el balance financiero consolidado de la Santa Sede en décadas. Cerró más de 4.000 cuentas sospechosas en el Instituto para las Obras de Religión (IOR) —el llamado “Banco Vaticano”— y luchó contra el lavado de dinero y las prácticas opacas funcionales al crimen organizado internacional.

Junto a Francisco, creó el Consejo para la Economía, conformado por cardenales y laicos expertos, con autoridad sobre los dicasterios en asuntos financieros. Fue una revolución silenciosa en un entorno acostumbrado al sigilo.

Durante esta reforma, Pell detectó importantes desvíos de fondos, especialmente en la Secretaría de Estado, que años después estarían en el centro del escándalo inmobiliario en Londres y de la causa contra el cardenal Becciu. 

El contraataque de la mafia

Mientras Pell avanzaba con su tarea, surgió una resistencia feroz dentro y fuera del Vaticano. No solo enfrentó a sectores que defendían privilegios y autonomía financiera, sino también una campaña internacional para destruir su reputación. Quizas previendo eso, salieron dos libros “Via Crucis” de Gianluigi Nuzzi y “Avaricia” de Emiliano Fittipaldi que describían los inmensos nichos de corrupción financiera que estaba destapando el cardenal Pell con las reformas que impulsaba Francisco.

En 2017, el cardenal fue acusado en su país, Australia, de presuntos abusos sexuales ocurridos en 1996 y 1997. El primer juicio terminó sin veredicto; en un segundo proceso en diciembre de 2018 fue declarado culpable. En marzo de 2019 fue condenado a seis años de prisión. En agosto de ese año, el Tribunal de Apelaciones confirmó la condena por mayoría (2 a 1). Sin embargo, en una resolución unánime, la Corte Suprema de Australia anuló la condena el 7 de abril de 2020, señalando que existía una “posibilidad significativa de que una persona inocente haya sido condenada”. O sea, el máximo tribunal de Australia reconocía públicamente que no habia pruebas contra Pell y lo sobreseé por unanimidad.

El fallo concluyó que las pruebas no alcanzaban el estándar de “más allá de toda duda razonable” y que no se valoraron adecuadamente los testimonios de la defensa. Pell fue absuelto tras 13 meses de prisión.

Reacción de Francisco

El mismo día de la absolución, Francisco dedicó su misa matinal en Santa Marta a quienes sufrían “juicios injustos a causa de la persecución”:

“En estos días de Cuaresma hemos visto la persecución que sufrió Jesús y cómo los doctores de la ley se ensañaron contra él: fue juzgado con dureza, con saña, siendo inocente. Me gustaría rezar hoy por todas las personas que sufren un juicio injusto a causa de la persecución” (07.04.20).

La Santa Sede, por su parte, emitió un comunicado expresando “satisfacción” por el fallo unánime y destacando que Pell siempre sostuvo su inocencia.

En octubre de 2020, el Papa recibió a Pell en audiencia privada. Y en enero de 2023, tras su muerte, lo describió como un:

“Siervo fiel que, sin vacilar, siguió a su Señor con perseverancia incluso en la hora de la prueba”.

El 7 de enero de 2023, tras conocer la muerte de Pell, le escribí al Papa Francisco:

“Me entristeció mucho la partida del cardenal Pell que, por haberse animado a meter el bisturí en los focos infecciosos de las finanzas del Vaticano, pagó su servicio con calumnia, persecución y cárcel.

Hubo un tiempo en que la mitad de los medios del mundo, encabezados por la cadena Fox, lo calumniaban en miles de periódicos.

Curiosamente, esos mismos medios ahora levantan su figura por algunos escritos internos donde expresa su conocida ultra ortodoxia.

Mientras estuvo vivo, lo vapulearon; ahora usan su cadáver para atacarte.

Pell estaba en muchos puntos en disidencia contigo. Sin embargo, tenía un corazón recto a toda prueba. La propia mafia que combatió fue la que lo persiguió y ahora pretende usarlo.

Ojalá hubiera muchos Pells en el mundo que se inclinan ante Dios y no ante el ‘dios’ dinero. Estoy seguro de que Dios lo tiene en su gloria y que con el tiempo se reconocerá su invalorable servicio para echar a los mercaderes del templo.

Supongo que ya sabés que los focos de nominalismo que pretenden retornar a la vida de palacio usarán cualquier excusa y medio para tratar de arrinconarte y presionarte para que renuncies.

El plan de acoso y derribo está en marcha, pero como Jesús les dijo a sus discípulos, hay que responder con la otra mejilla, con amor y misericordia, aunque también con determinación en lo que haga falta. Y no dudo que así obrarás“.

Francisco me respondió el 15 de enero de 2023:

“Gracias por lo que decís a Pell. Hombre íntegro, y fue él quien puso las bases de la reforma económica del Vaticano.

Teológicamente ‘de derecha’, pero coherente y con los pantalones bien puestos: se bancó 15 meses de cárcel por una calumnia que luego los jueces reconocieron como tal.

Me ayudó mucho“.

Conclusiones:

La historia de George Pell es la historia de un intento serio de reforma que tocó intereses profundos y por ello fue difamado, perseguido e incluso encarcelado injustamente. Francisco no eligió a Pell por coincidencias en su visión teológica —que no las había— sino por su rectitud y coraje. Al confiarle la limpieza financiera, demostró que en su lucha contra la corrupción, dentro y fuera de la Iglesia, no hay espacio para la complicidad ni para los códigos del silencio.

Pell no fue un héroe sin errores ni un mártir perfecto. Pero sí fue, como dijo Francisco, un hombre íntegro que eligió obedecer a Dios antes que al dinero. Y por eso, pagó un precio altísimo. Su legado, sin embargo, persiste en cada cuenta cerrada, en cada norma de transparencia impuesta, y en cada paso que da el Vaticano hacia una economía más limpia. Su historia es también una advertencia: la reforma no es una palabra, es una batalla. Y aún continúa…

La elección De Francisco al frente de la Iglesia en 2013 no fue casual ni protocolar: fue la respuesta del Colegio Cardenalicio a una institución asediada por escándalos financieros, clericalismo extremo y una desconfianza creciente hacia su integridad moral.

Desde el primer día, Francisco eligió el camino más difícil: reformar desde adentro, tocar intereses enquistados en la estructura del Vaticano y avanzar contra redes de poder que se beneficiaban del oscurantismo financiero. Y lo hizo sin cálculos políticos, sin acomodarse a las lógicas del statu quo, y sin los códigos de omertà que históricamente blindaban el poder eclesial.

Al confiar en Pell —un hombre con quien no compartía afinidades doctrinales, pero sí una ética de fondo—, Francisco demostró que su vara no era la afinidad ideológica, sino la rectitud interior y la voluntad de servicio al bien común. Esa decisión habla de un Papa que prioriza la coherencia por sobre la conveniencia, y que pone la misión por encima de los matices teológicos.

Francisco es un pontífice incómodo para muchos, adentro y afuera de la Iglesia. Porque no vino a confirmar privilegios, sino a desmantelarlos. Su predicación del Evangelio en clave de justicia social, austeridad, misericordia y responsabilidad ha molestado a sectores conservadores, pero también a sectores económicos que ven en él una amenaza a sus prácticas opacas. La reforma financiera fue apenas una de las trincheras en esa batalla más grande por una Iglesia “pobre y para los pobres”, no cómplice del poder, sino voz profética en medio del mundo.

La reacción que sufrió Francisco por estos actos de gobierno, incluidas campañas mediáticas, intentos de deslegitimación e incluso rumores organizados que querían forzar su renuncia, muestran la dimensión de la lucha que llevó adelante. En este contexto, la calumnia contra Pell no fue un hecho aislado, sino una advertencia: quien se atreva a desarmar estructuras mafiosas puede pagar un precio altísimo. El Papa nunca lo dijo abiertamente, pero su entorno lo entendió: la prisión de Pell fue también un mensaje para él.

Sin embargo, Francisco no cedió. Continuó con la reforma, fortaleció controles, impulsó transparencia y promovió una cultura institucional más responsable. Su respaldo a Pell, incluso en la disidencia doctrinal, mostró su dimensión humana y espiritual: Francisco no elegía soldados que piensen como él, sino que estén dispuestos a batallar con honestidad y valentía.

Su lucha contra la corrupción no es solo administrativa. Es teológica. Es pastoral. Es evangélica. Porque Francisco entiende que donde hay corrupción estructural no hay lugar para el Evangelio, ni para la gracia, ni para la libertad del Espíritu.

Pocos pontificados han enfrentado tantas resistencias activas y pasivas. Y sin embargo, Francisco siguió adelante. Con el Evangelio en la mano, con los pobres en el corazón, y con una determinación silenciosa que solo tienen los que saben que su fuerza no proviene del poder, sino de Dios y la verdad.

La historia juzgará con más claridad lo que hoy solo se intuye. Pero no hay duda: con Francisco, la Iglesia dejó atrás el silencio cómplice, y se atrevió a hablar —y actuar— sin miedo, incluso contra sí misma.

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