KATMANDÚ.– Hace apenas unos años, en Nepal ser rapero no era precisamente un motivo de prestigio. Hoy, un rapero está a punto de gobernar el país.
A sus 35 años, Balendra Shah, conocido popularmente como Balen, se convirtió en el nuevo protagonista de la política nepalí.
Ingeniero de formación, exrapero y hasta hace poco alcalde de Katmandú (la capital), emerge ahora como la figura que encarna el cambio surgido tras una ola de protestas juveniles que sacudió al paradisíaco país del Himalaya.
Su ascenso no puede entenderse sin ese contexto. Hace menos de un año, miles de jóvenes salieron a las calles contra lo que consideraban un sistema político corroído por la corrupción, el nepotismo y la desconexión con la realidad social. Las manifestaciones, impulsadas sobre todo por la Generación Z y organizadas a través de redes sociales, terminaron provocando la caída del gobierno.
Aquellas protestas formaron parte de un fenómeno más amplio que se replicó en varios países. En Nepal, el detonante fue el intento del gobierno de bloquear redes sociales, una medida que muchos jóvenes interpretaron como un intento de silenciar las críticas a los llamados “nepo kids”, los hijos privilegiados de la élite política.
La represión fue brutal. Más de veinte manifestantes murieron cuando la policía abrió fuego. Lejos de desactivar la protesta, aquello quebró el miedo y radicalizó el movimiento. El primer ministro terminó renunciando.
En ese clima surgió con fuerza la figura de Balen. Para muchos jóvenes nepalíes, no se trata simplemente de otro político. “En este momento, Balen es cualquier cosa menos ‘un político más’”, dice a LA NACION Yatish Ojha, joven nepalí de 25 años, abogado y uno de los participantes de las protestas.
“Se convirtió en un símbolo generacional de un cambio de paradigma político”, agrega.
La transformación es tan abrupta que sorprende incluso a quienes la protagonizaron. “Un exrapero de 35 años va a gobernar el país; el mismo país donde hace diez años ser rapero no era algo de lo que sentirse orgulloso”, explica Ojha.
Ese contraste resume buena parte de su atractivo político. Balen llegó a la política como un outsider, cultivando una imagen de gestor pragmático y distante de las viejas estructuras partidarias.
Cuatro años atrás había ganado la alcaldía de Katmandú como candidato independiente y construyó una reputación de funcionario que tomaba decisiones rápidas, incluso polémicas, para resolver problemas urbanos como la basura, la educación o la infraestructura.
Durante las protestas juveniles del año pasado, fue uno de los primeros dirigentes en expresar apoyo a los manifestantes. Desde entonces, su figura quedó asociada al impulso generacional que sacudió al sistema político.
Como describió The New York Times, Balen tiene un estilo “combativo y volátil” y lo combina con una enorme influencia en redes sociales, donde su alcance supera ampliamente al de otros dirigentes del país.
Ese vínculo directo con la ciudadanía digital es uno de los rasgos distintivos de su liderazgo. Balen rara vez ofrece conferencias de prensa o entrevistas y prefiere comunicarse con el público a través de plataformas online, donde millones de seguidores siguen sus mensajes.
El nuevo gobierno, sin embargo, enfrenta expectativas enormes. Para quienes participaron de las protestas, la victoria electoral es solo el primer paso.
“Este momento político existe totalmente gracias a los jóvenes que salimos a las calles”, sostiene Ojha. “El liderazgo actual le debe todo a nuestra generación, a quienes murieron, a quienes resultaron heridos y a todos los que protestaron”, agrega.
Las demandas del movimiento son claras: justicia para las víctimas de la represión, lucha contra la corrupción y defensa de la libertad de expresión.
Ojha insiste en que el nuevo gobierno tendrá que demostrar resultados. “El movimiento pidió dos cosas muy claras: buen gobierno y el fin de la corrupción, por un lado, y libertad de expresión y libertad digital, por el otro”, explica.
“Algunas transformaciones requieren reformas constitucionales, otras cambios legales y otras simplemente mejorar la administración del Estado”, dice Ojha.
Para muchos jóvenes, además, el problema de fondo es económico.
“Si uno mira la sociología de la corrupción, ve que muchos empleados públicos de bajo nivel aceptan sobornos pequeños porque sus salarios no alcanzan para vivir. Crear empleo y garantizar estabilidad laboral también es una forma de combatir la corrupción”, señala Ojha.
En ese sentido, el desafío de Balen será demostrar que un liderazgo nacido de la protesta puede traducirse en reformas concretas.
Según Ojha, el problema del país nunca fue únicamente la falta de recursos, sino la mala administración de los que existen.
La figura de Balen genera entusiasmo, pero también dudas. Incluso entre quienes lo apoyan hay cierta cautela.
Para Ojha, sus principales fortalezas son claras: “No tiene el bagaje político de otros líderes, no está atado a redes clientelares y trabaja con expertos. Creo sinceramente que quiere cambiar el status quo”.
Pero también señala debilidades. El nuevo líder tiene un temperamento fuerte, tendencia a reaccionar impulsivamente en redes sociales y un estilo de gestión que a veces prioriza la velocidad sobre el consenso.
“Quiere llegar al resultado sin darle demasiado valor al proceso”, advierte.
Ese rasgo podría convertirse en una ventaja o en un problema. Gobernar un país requiere algo distinto a dirigir una campaña o administrar una ciudad.
Ojha cree que Balen todavía debe adaptarse a la complejidad del poder. “A veces parece ver todo en blanco y negro, como si fuera un proyecto de ingeniería que hay que completar”, dice.
“Pero Nepal tiene muchas sutilezas políticas y sociales. Va a tener que ser más matizado”, indica.
Nepal entra así en una etapa inédita. Por primera vez, un dirigente surgido del universo cultural de los jóvenes se encuentra en condiciones de liderar el país.
Y para una generación que salió a las calles exigiendo cambios, la expectativa es tan grande como el desafío. Porque, como resume Ojha, nunca antes habían visto algo parecido.
“En nuestro país, sin importar edad, ideología o región, casi todos tienen esperanza en él. Eso nunca había pasado en nuestra vida”, dice.


