En la mesa de Acción de Gracias hay platos que pueden variar según la familia, el estado o incluso el año, pero hay uno que jamás falla: el puré de papa. Es un acompañamiento que no compite, acompaña; no llama la atención, pero sostiene el banquete. Es el puente entre el pavo, el relleno, los vegetales y las salsas. Su importancia radica en su sencillez: una textura suave, un sabor cálido y esa capacidad de absorber la historia culinaria de cada hogar.
El puré, además, es casi un ritual. Cada quien tiene su versión: más rústico o más sedoso, con crema, con mantequilla dorada, con ajo, con queso o sin nada más que papas, leche y paciencia. Pero lo que realmente lo eleva es el gravy: esa salsa profunda hecha con los jugos del pavo, mantequilla y caldo, que llena de carácter al plato. Juntos, forman un tándem imprescindible en la cena más simbólica de Estados Unidos.


